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Desprejuicios | Expreso a Oriente
13/03/2013 16 CAPITULO 16

FIN

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27/01/2013 15 CAPITULO 15

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Fragmentos de un diario impreciso 2

China - Capítulo 11
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01/10/2012 9 CAPITULO 9

Mongolia

Primera parte

Mongolia
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Los Pascal Jenny
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muerte y resurreccion del ultimo zar

romanovfinalfinal
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Fragmentos de un diario impreciso

rusia4
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Desprejuicios

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Expreso a Oriente - Occupy Frankfurt
10/06/2012

Prólogo

Prologue
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Capítulo #3. Desprejuicios

 

Los Ilustres
Por Joaquín Sánchez Mariño

El corazón de Chopin está en Polonia. Su cuerpo está enterrado en Paris, pero su corazón (esto es literal) está guardado en una iglesia de Varsovia. Así lo dejó pedido antes de su muerte y así lo cumplió su hija, que llevó el corazón de su padre embalsamado entre las piernas en busca de un sacerdote que aceptara guardarlo en su iglesia. Nadie lo quería: por más ilustre que fuera, no era nada parecido a un santo. Hoy su música brota de abajo de algunas banquetas de Varsovia. Chopin es el genio idolatrado de Polonia. Yo pensaba que era austríaco o alemán.

Copérnico también era polaco. Su primer homenaje lo encuentro a setenta metros bajo tierra, en las minas de sal de Wieliczka. Es el genio científico de Polonia: descubrió que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al revés. Vivió y estudió en Cracovia, viajó a Italia y siguió estudiando en Bolonia. Le dieron un doctorado en Derecho Canónico y regresó a su país, donde ejerció la medicina y la política. Murió el 24 de mayo de 1543 en Frombork, Polonia, donde descansan sus restos. Yo pensaba que era italiano o ni siquiera, que no tenía patria.

Gombrowicz, de quien sí conozco bastante su biografía, apenas es conocido por los jóvenes de Polonia. Saben su nombre, recuerdan su obra más importante (Ferdydurke), pero pocos lo leyeron. Por supuesto, ni idea tienen de que vivió más de veinte años en Argentina y que su Cosmos y sus Diarios forman parte de mis predilecciones… No saben tampoco que murió en Francia. Su corazón no creo que descanse en ningún lado.

Y Kapuscinski, el más autoproclamado polaco, nació en Bielorrusia. Es sumamente conocido y ahora hasta se sospecha que pudo haber sido espía de la Unión Soviética. Yo leo su libro El Imperio y siento que, como a todo escritor, solo le importaba la calidad de su texto.

Y de Juan Pablo II qué decir… es Maradona santificado, muerto y sepultado.

Por lo demás, entre conocidos e ignorados, lo que más sabía de Polonia antes de Polonia era Auschwitz, ilustre negro del viejo continente. Ahí, dice Gastón, no se le puede escapar a la muerte. Pero no estoy de acuerdo. Se necesita un alma demasiado sensible para encontrarla. O para llorar por la pena de un desconocido anacrónico y entender su tragedia. Lo que hacemos nosotros, que visitamos el campo, es apenas una aproximación racional al sinsentido. Por eso creo que conviene no escribir al respecto. Pero leo el texto de Gastón, el texto que me sucede y sobrepasa, y pienso si lo de Auschwitz era o no la muerte, si acaso la representa en alguna de sus formas. ¿Porque cuántas muertes hay? La que es pasado, la que ya fue, la de los otros. Y la que es futuro, amenaza continua, el cruce desafortunado a la vuelta de la esquina… la nuestra, sobre todo la nuestra. ¿Y cuál de esas está en Auschwitz? Habiendo escrito bastante sobre lo que no quería escribir, creo que ahí no está la muerte ni su representación. Todo lo contrario, Auschwitz es la muestra de un horror que cabe, exclusivamente, en los  jardines de esta vida. Digo, los campos de concentración son la máxima expresión de la omnipotencia de algunos y de la impotencia total de otros. Pero no quiero escribir sobre eso. Quiero recordar, apenas, que en Auschwitz conocimos a Alejandro.

Alejandro es argentino y tiene el pelo con canas. Cara de bueno, de tipo de barrio. Estaba en Polonia cubriendo la Eurocopa y había aprovechado el día libre para conocer los campos. Se lo veía emocionado. A la salida nos contó que en el 2002, mientras cubría el mundial de Corea-Japón, entrevistó a un sobreviviente de Hiroshima; y que en el 2010 conoció a no sé qué víctima de no sé qué tragedia de Sudáfrica, donde también cubría el mundial. Esperaba tener suerte y, en su paso por Ucrania (donde se jugó la final de la Euro), poder conocer Chernóbil…  Extraña vida, se la pasa viajando a eventos felices y aprovecha para contrarrestar cada experiencia con la historia negra de turno. Es decir, conoce el lado oscuro del mundo gracias a su costado más estúpidamente feliz. No mencionó ni un lugar al que haya ido por mero interés, siempre conoce por oportunismo. No sé si eso significa algo. Yo mismo, por ejemplo, fui a Auschwitz porque estaba por ahí, como también miré la Eurocopa por puro contagio contextual. Digo, la vida como un entramado casual lleno de coincidencias y de cercanías, de trenes que pasaban por ahí o de llegadas tarde. Como Chopin, que quería dejar su corazón en Polonia pero murió el Paris, o como Gombrowicz, que vaya a saber uno por qué se enamoró de la zona más turbia de Retiro, en Buenos Aires…  Tal vez Copérnico se confundió y no somos nosotros los que giramos alrededor del sol sino el sol, inmóvil, el que gira en torno a nosotros. O no, en verdad ésa es solo la primera y última metáfora del texto. Lo que digo, mientras un video apura el final de mi aventura, es que somos –involuntariamente-, ilustres sombras que caminan por el mundo, como Chopin, como Alejandro, y que al decir sol le damos sentido a tanta perorata copernicana.

 

 


Fontaneros

Por Hipólito Giménez Blanco

Prejuzgué: país pobre de la Unión Europea, Juan Pablo II, gente de oficios –fontaneros sobretodo- y judíos. Polonia, a decir verdad, no me generaba ninguna expectativa.

Entramos por Cracovia. ¿Por qué Cracovia? “Ahí está Auschwitz”, me dijeron los chicos.  Llegué empapado al hostel. No tenía ropa impermeable. Gastón  y Joaquín me jodían, ellos tienen zapatillas Gore Tex, que tienen una tecnología que las hace impermeables. Gore Tex era nuevo para mí, como Polonia.

En el hostel, un edificio de unos 60 años (como casi todo lo que se ve hoy en Polonia), nos recibió Pawel, su dueño. Al día siguiente llovía y Pawel nos sugirió ir a unas minas de sal a 200 metros bajo tierra. Por el poco interés que me generó sospeché que me aburriría. Fui y verifiqué mi hipótesis, las minas me embolaron. Volvimos al centro, comimos una especie de chucrut con chorizos y dimos una vuelta por un castillo sobre una colina.  Primerizo en Europa, me fasciné con ver que lo que alguna vez leí, existía en la vida real.

Al día siguiente, paradójicamente, salió el sol y fuimos a Auschwitz. Uno siente el deber, la obligación, de que algo tiene que pasarle emocionalmente. Tal vez porque lo veo muy lejano en el tiempo o porque está en el inconsciente colectivo, no me generó nada. Hicimos la recorrida por el lugar. En lo que alguna vez fue un campo del horror hoy hay árboles, flores y mucho pero mucho pasto. Las barricadas están impecables, como recién pintadas. Y mientras caminan miles de personas a la vez, se ven como arreglan otras barricadas para agrandar el museo. Lo vi muy arreglado para el turismo, prolijo por demás, empresarial. Escribo esto y siento que soy un desalmado, pero es lo que me pasó.

Después Varsovia y el intento de conseguir entradas para la Eurocopa. Según nos decían, la ciudad no valía ni un día, pero como otro de mis prejuicios es sospechar de los fundamentalistas, fuimos igual.

Varsovia me encantó. Del guetto no queda nada. Al igual que el resto del país, la ciudad está casi completamente reconstruida desde la segunda Guerra Mundial.  Impera hoy un mix entre modernidad y ciudades antiguas. Cuando dejé Varsovia vi El Pianista. Qué bueno es Audrey Brodin. No puedo decir que sentí haber caminado las mismas calles que él pero sí que estuve en una Varsovia invadida, solo que en vez de nazis ahora había fanáticos de distintos países por esto de la Eurocopa. Los que me conocen saben que no soy un apasionado por el fútbol, sin embargo estaba dispuesto a pagar hasta 40 euros por una entrada… De poco sirvió, los tickets arrancaban en 200. Nos conformamos con ver el partido junto a 100 mil polacos en la “Fan Zone” de Varsovia, una pantalla gigante dispuesta al pie del Palacio de Cultura que les regaló Stalin hace sesenta años. Los polacos están tan acostumbrados a perder que ni siquiera esperan un milagro, se divierten todo lo que pueden mientras dura el partido porque saben que al final, como siempre, quedarán afuera en la primera ronda. Los griegos en cambio, por ejemplo, sí creen firmemente en los milagros y, tal vez por su pasado politeísta, cuando un dios no los ayuda, le cantan a otro. Sus canciones se parecen a las argentinas, ellos también. Cruzarlos por Polonia me hizo sentir como en casa.

Cerramos la recorrida con Gdansk, al norte del país. No sabía que Polonia tiene mar, pero lo tiene, en Gdansk, una ciudad llena de edificios antiguos –reconstruidos–, donde comí un waffle con frutillas. Los cuatro días que estuvimos no paró de llover. Día a día postergamos conocer el Báltico, que como el sol, nunca apareció.

Polonia tiene en común con Berlín que están reconstruidas. No sé si eso le quita encanto, pero todo lo que te lleva a imaginar el siglo XVIII es una réplica de solo 50 años o menos. Son los capos de la reconstrucción, el prejuicio de los oficios tenía sentido después de todo. Varsovia, Cracovia y Gdansk. Todas reconstruidas tal cual lo estaban antes de la Segunda Guerra Mundial. Quizás, volviendo a poner en pie lo que ya no estaba, superaron lo que les pasó.

 

 

 

Un día de sol en Auschwitz
Por Gastón Bourdieu

Pasó poco más de una semana desde que visitamos Auschwitz y yo sigo pensando qué escribir al respecto. Ni el alcohol, ni la comida, ni las chicas polacas lograron remover ese pensamiento de mi cabeza. Toda mi vida tuve cierta obsesión con la Segunda Guerra Mundial. Quienes me conocen saben que no creo en la violencia en ninguna de sus formas, pero la historia me apasiona y algo –no sé si los libros, las películas o los videojuegos– generó en mí una avidez irrefrenable por saber sobre este conflicto.

Será por eso que discutimos tanto con Tito y Joaquín. Ambos coincidieron –como casi siempre en el viaje– en que no tenía sentido escribir sobre nuestra visita al mayor campo de exterminio de la IIGM, dado que antes de nosotros ya lo habían hecho tantos, con mejores pretextos, más conocimientos y aspiraciones tan nobles. Pero a la razón no siempre hay que darle la razón, y por eso antes de decidir escribir sobre Auschwitz ya estaba escribiendo.

No soy judío, no lo son mis padres, menos mis abuelos, pero descreo del dogma imperativo por el cual hay que compartir una creencia para entender el dolor. Llegamos a Auschwitz un mediodía soleado; a veces el clima y la memoria no se ponen de acuerdo. Allí, en la localidad de Oswiecim, al oeste de Cracovia, Polonia, fueron asesinadas más de un millón y medio de personas, entre judíos, gitanos, polacos, eslavos, soviéticos y tantos otros inocentes.

Nunca le tuve miedo a la muerte, no por ser valiente sino porque el temor surge de lo desconocido y no de lo ignorado. Es decir, no me importa mi inestimable fecha de caducidad, pero supongo que me preocuparía si alguien le pusiera día y hora. Algo así, creo, sucedía en los tiempos del terror nazi: casi nadie pasaba más de un año dentro de los campos, y el promedio oscilaba entre los dos y los seis meses, siempre y cuando fueran “aptos” para trabajar.

Mi primer trabajo fue a los 11 años: vendía junto con mi hermano un semanario católico en la puerta de una iglesia en Barrio Norte, a menos de 100 metros de mi casa, todos los fines de semana. A veces pasábamos frío, a veces hambre (cuando no gastábamos los pocos pesos que ganábamos en un paquete de galletitas). No recuerdo por qué lo hacía, simplemente lo hacía. Años después me enseñaron (o aprendí, tampoco lo recuerdo) que el trabajo dignifica. Ahora atravieso la puerta de entrada de Auschwitz y un cartel pregona algo parecido: “El trabajo hace libre” (Arbeit macht frei). Pero allí el frío no se olvidaba con un abrigo, el hambre no se curaba con unas galletitas, la gente no sentía libertad… la muerte, por primera vez, me daba miedo.

Las líneas de mi cuaderno se apilan y yo sigo sin saber si debo escribir sobre Auschwitz ni cómo hacerlo. Mi ignorancia se hace amiga de mi falsa humildad (ningún humilde habla de su humildad, allí radica lo falso) y le prohíben a mi consciencia que me permita el descaro de redactar sobre asuntos que me exceden y que solo pueden ser trabajados por los Frankl, Spiegelman, Resnais o Perec.

Pero de nuevo abro los ojos y estoy caminando entre los pabellones de Auschwitz. En el 10 se realizaron experimentos de esterilización en las mujeres, para lograr la “solución final al problema judío”. Entre el 11 y el 12 está el paredón de los fusilamientos. Y en el 11 funcionaba la prisión dentro de la prisión. De repente salgo de una sala donde se hicieron los primeros experimentos con el gas Zyklon B, que luego utilizaron para matar masivamente a los prisioneros, y entro a la celda de castigos, donde cuatro o cinco hombres podían pasar hasta dos semanas, todas las noches, en un cubículo de un metro cuadrado al que debían ingresar de rodillas y donde no cabían sentados. Durante el día debían trabajar, pero solían morir antes del cansancio. Morir, claro, literalmente. Y otra vez la muerte me da miedo. Y ahora tampoco sé lo que es el sufrimiento, lo desconozco, le temo.

Una vez me dijeron que el tiempo es la cuarta dimensión. La explicación racional era que las cosas, la materia propiamente dicha, atravesada por las otras tres dimensiones, era modificada con el paso de los años. Miro una foto en la que un hijo de puta al lado de un tren decide con un dedo, a la llegada de los prisioneros, quién va a trabajar como esclavo y quién va a morir en una cámara de gas. Ahora miro alrededor y el lugar es el mismo de la foto, pero el hijo de puta no está, o sí, no lo sé. Pero la muerte otra vez me da miedo.

Algo así pasa en Auschwitz. El ejercicio de la memoria es ficticio porque no se puede viajar en el tiempo, pero en esas maderas que hacían las veces de cama, en esas letrinas heladas y hediondas, en la tonelada de pelo arrancada a los presos, en los zapatitos de los chicos más inocentes, en los hornos crematorios del inframundo, en todo, ese pasado dice presente.

Y ya no hay ni tres ni cuatro ni diez dimensiones. Está la muerte dando vueltas por los árboles de Birkenau, están las cenizas de lo que supo ser vida flotando en el aire (y esto no es una metáfora), y estoy yo, insignificante, imaginando cien frases hechas y sin ninguna por hacer, pensando en mil lugares comunes pero parado en uno, inverosímil, propio y ajeno a la vez. Y ahora creo tener una razón para escribir sobre Auschwitz, porque por un momento le temí a la muerte, que no sabe de momentos. Porque la vi, la olí, la toqué, la sentí. La muerte sentada a una mesa del espanto a la que no la habían invitado, sino obligado a ir. La muerte impregnada en todo, dueña absoluta de la escena. Y ya eran las seis de la tarde y el sol seguía brillando en Auschwitz, porque el clima no se pone de acuerdo con la memoria. Como el día que enterraron a mi abuelo, también brillaba y todo era verde.

En Auschwitz, todo se me presenta como un único significante: la muerte. Y hasta el sol me representa la muerte. Y ya no creo tener vedado escribir sobre el holocausto, porque la vida y el sol y la muerte son de todos. Ya no necesito razones ni entender el sufrimiento ni compartir la religión, porque la muerte, sabia y lógica aparición en la vida de todos, tajante como el golpe de un hacha, odiada como lluvia de verano, es de todos y de nadie. No requiere permisos, solo respeto.

Llego a la última línea de ésta, mi reflexión sobre Auschwitz, y deduzco que basta con temerle una sola vez en la vida a la muerte, para respetarla por siempre. La muerte ya no es vida.

 

Videos: Expreso a Oriente
Música:  Going Mobile, de The Who (Polonia) / Final, de Astor Piazzola (Auschwitz)

17 respuestas a Desprejuicios

  1. silvia dijo:

    Dos únicas palabras. ME ENCANTO. Es como estar allí junto a ustedes viviendo todo lo que escriben. La mierda. Qué palabras, que sentimientos para poder lograr en nosotros lo que logran al leer estas palabras. LOS FELICITO.

  2. Alberto Astorga dijo:

    Gastón: No te conozco, pero que bueno que te permitiste este texto. Muy conmovedor, no tanto por lo que dice del lugar sino porque es evidente que el lugar te atravesó. Por más horror ready made que sea, aunque se hubiese transformado en una especie de parque temático del holocausto está bueno de tanto en tanto permitirse algún cholulismo turístico y no pasarle de largo por este ícono de la barbarie. Un abrazo. Alberto
    P.S.: Decile a tus compañeros de viaje que Expreso a Oriente está buenísima… los felicito

  3. Norma Susana Hassan dijo:

    Estoy acompañando este viaje de ustedes con curiosidad y placer y no me defraudan. Les agradezco mucho que nos permitan compartir sus vivencias y experiencias y les agradezco también esa alegría que transmiten generalmente.
    No hace falta ser judío para que el dolor de otros se haga propio, con ser humano alcanza. Queridos chicos, que todo siga bien y desde Mardel les mando un gran cariño y a vivir con todo !!!!!!!!!!!!!!

  4. Matthew dijo:

    Increible, no puedo creer la gran experiencia de vida que estan atravezando, viajar y alejarse, y como cada cultura, si uno se abre a la experiencia, enriquece a uno. Los felicito a los tres.

  5. Paula dijo:

    Los felicito a los tres!!! Valen las versiones, la emoción, el horror, la vida… los quiero mucho!!!

  6. Roxana dijo:

    Increíbles los relatos y los videos. Felicitaciones!!!!!

  7. SSP dijo:

    Muy bueno! De la lista de Joaco sumaría a Marie Curie, Rosa Luxemburgo, Roman Polanski y Kieslowski
    Pobre país tan manoseado por distintas potencias a lo largo de tantos siglos..
    Felicitaciones, triple abrazo

  8. Mati Benegas dijo:

    Muchachos los felicito por la movida que están haciendo porque esta muy piola! Les mando un abrazo grande a los tres y espero que sigan disfrutando del viaje. Muy buena la edición de videos fotos y las lecturas no las complete a todas por falta de tiempo pero ya lo haré porque están muy piola.
    Abrazo grande y sigan agitando!

  9. Paula dijo:

    Qué bueno que pudieron coincidir en la aventura y en tiempo y posibilidades de hacer este viaje, increíble!!! Una experiencia para toda la vida!!! A medida que pasan los días más me emociona lo que están viviendo!!!

  10. Mariano Espinosa Bravo dijo:

    Muy interesantes los relatos señores.
    Hipóilito, te comento que tampoco me deslumbro esa ciudad bajo tierra…
    Y el trencito??? te subiste, espero que no.
    … pero de verdad no te gusto la mina? No sacaste la lengua y la chupaste?

    Chicos, muy buen trabajo se están currando con Expreso a Oriente. Enhorabuena!

    Os cuento una pequeña historia… que somos lo que inventamos la pólvora.
    Mi esposa es polaca. En los tiempos de novios, vivíamos en países diferentes. Cuando la iba a visitar, viajábamos por Polonia. Un día me llevo a las montañas polacas y sus lagos, al sur. Montañas Tatry. No impresionan como la Patagonia, pero molan mucho.
    Un día a la noche fuimos a cenar a un restaurante.
    Nos sentamos y me dice: En este sitio se como la mejor comida polaca de la montaña, casera. Me traen la carta en 4 idiomas, el ingles lo gambeteba. Comienza a leer uno por uno ya traducir. Cierro el tema y le digo: Sorprende me con lo que más te guste. No me digas el que, solo sorprende me.
    Contesta. Ok.
    Acto seguido, después de hacer el pedido al camarero, me traen una suprema de pollo!!!!

  11. VIK dijo:

    SIGAN ASI CHICOS, ESPERO ANSIOSA EL PRÓXIMO CAPÍTULO. POR AHORA ME CONFORMO CON LAS FOTOS DE FACE Y EL REPORTAJE
    LOS QUIERO MUCHO

  12. Santiago dijo:

    Muy bueno chicos!
    Me lo pasaron recién y no puedo parar de leerlo.
    Esto es lo que queda para los que estamos sentados en la oficina, poder acompañarlos desde la lectura.

    Un saludo y felicitaciones

  13. Sil dijo:

    Buenissssimo! Acabo de descubrirlos y me encanta! Me gusta la estetica de la pagina, la musica elegida para cada capitulo, las imagenes, cada video y sobre todo los relatos, que escapan del panoramico para hacer foco en un punto que habla del todo. Muy atractivo y atrapante! Me enganche! Ire de a poco disfrutando con Uds. No se quien lee los comentarios, pero envien un saludo a Hipolito, de su ex-compañera del taller de Razuk. Felicitacines a los 3!

  14. Lautaro dijo:

    “Un día de sol en Auschwitz”

    Relato de la puta madre. Me gustaron los tres textos, pero el último realmente es increíble.

    Un placer leer sus historias!

  15. Juanita dijo:

    Me encanta. Tres excelentes textos sobre un pais que genera muchas incognitas

  16. Juampi Sprinsky dijo:

    Impresionante, imposible redactarlo mejor.

  17. Alexandra dijo:

    Excelente !!!

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