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Expreso a Oriente http://www.expresoaoriente.com Tres personas que coinciden en la aventura de viajar ocho meses por el mundo y contar lo que la coincidencia les depara. Wed, 13 Mar 2013 00:39:19 +0000 es-ES hourly 1 http://wordpress.org/?v=4.3.1 FIN http://www.expresoaoriente.com/2013/03/13/capitulo-final/ http://www.expresoaoriente.com/2013/03/13/capitulo-final/#comments Wed, 13 Mar 2013 00:29:50 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=693 Continue reading ]]>

 

Despedida

Por Hipólito Giménez Blanco

 

Hoy es un día más de marzo. Ya pasaron más de 9 meses desde que salió el vuelo de Lufthansa a Frankfurt. Ahí comenzaba un viaje con dos hermanos. En ese entonces no estábamos seguros si se uniría otro más. Hubo que esperar unos pocos meses para que la historia nos juntara a los cuatro.

Poco a poco pasaron los kilómetros. Al principio entre ciudades, después países, continentes.  Conocimos mucha gente que vale la pena conocer. Y hasta nos comunicamos sin hablar.  Se pasó rápido. Muy rápido. Felicidad y tristeza. Nostalgia y alegría. No sé qué decir. Cuando no sabe que decir hay que ser sincero. Estoy triste y voy a dar un consejo. No se vayan de viaje. No convoque amigos que puedan acompañarlos. No dejen su trabajo como si fuera accesorio. No serán imprudentes a la hora de animarse. No atraviesen Europa, no se pierdan en Rusia y no recorran Mongolia. No duerman donde puedan en medio del camino, no armen y desarmen sus mochilas como si fuera un tetris. No pasen la mayor parte del año conociendo gente extraña. No se vuelvan locos con las sombras de la China. No conozcan la muralla que es emblema ni recorran la locura futurista de Hong Kong. No se enamoren, por dios, no se enamoren, y no jueguen al futbol en patas en medio de la calle. No conozcan Birmania, no conozcan Yangón ni Bagán ni Mandalay, no busquen siquiera el rastro de los Moustache Brothers.

No lo hagan, por favor, ni lo intenten.

No vayan a Sri Lanka, no viajen por la India. No fumen las flores seperteantes de la selva ni piensen en los elefantes salvajes que no existen. No deliren ni sepan que están hacen meses por el mundo. No descansen en la playa paradisíaca de Hikkaduwa.

No se cansen, no se mueran, no se asusten con la rabia invacunada de un mal perro.

En síntesis, no viajen por el mundo. No crean que se puede cambiar este sistema, no crean que los sueños se hacen vida en esta vida. No viajen por el mundo con Expreso, no vuelen por los aires con los chicos. No lo hagan, no lo hagan, no se ensucien.

Es demasiado feliz y demasiado duro.

Hoy es un día más de Marzo. Estoy triste y no puedo ni esconderlo. Ya lo dije, no lo hagan, no se expongan. Los hombres no debieran ser felices.

 

 

Despedida

Por Gastón Bourdieu

 

En este viaje una señora me hizo tener miedo en un tren amenazándome a los gritos por mi olor a pata inundando el vagón. En este viaje canté arriba de un escenario (Message in a bottle, si mal no recuerdo) para una pareja de chinos que me habían invitado a un karaoke personal. En este viaje me subí al auto de un dealer de un metro noventa de alto, piel negra y manos grandes, en Kuala Lumpur. En este viaje aprendí a leer unas letras nuevas que usan los rusos. En este viaje me corrieron escalofríos adentro de algunas iglesias y delante de un muro lleno de lamentos. En este viaje festejé mi cumpleaños en un aeropuerto, varado por un avión que no nos esperó para llevarnos a Sri Lanka. En este viaje me enojé con una chica perdida en Mongolia que inspiró varias anécdotas. En este viaje jugué al fútbol con los muchachos del barrio del puerto de Yangón, y con los cocineros de un restaurant de Shanghai, siempre en la calle. En este viaje volví a tener miedo cuando me persiguieron unos monos chinos. En este viaje lavé mi ropa en la ducha más de 126 veces. En este viaje jugué a estar de novio dos veces, en Moscú y en Viena. En este viaje no me dejaron jugar a estar de novio en Israel. En este viaje dormí en la calle bajo la lluvia. En este viaje vi el amanecer más místico, entre las montañas del Sinaí. En este viaje, creo estar seguro, fui feliz siempre.

No sé qué se escribe en una despedida. Tampoco sé si ésta lo es. Lo más importante de todo esto que pasó es que sigue pasando, que no caduca. Que todo lo que sucedió fue a la luz de mis ojos y los de tres hermanos, lo que lo hace mucho más profundo. Que esa luz se va a refractar en imágenes flotando entre ideas y empujando con fuerza todo lo que haga por el resto de mi vida. Qué todo está guardado en un disco rígido en unidades de energía. Que se sigue compartiendo. Que va. Que viene.

Expreso a Oriente fue un nombre. Pero en la más íntima abstracción, Expreso a Oriente es –y no fue– un viaje, un movimiento, una acción transitiva, un estado que no está donde estaba ayer ni mañana estará donde está hoy porque ya se fue. Y sigue su camino. Y aunque hoy recuerde perfectamente la salita con la computadora en un hostel de Cartagena de Indias donde saqué el pasaje para subirme a esta decisión, por alguna razón inescrutable, no encuentro en mi memoria el movimiento de neuronas que me llevó a aceptar ese destino. Creo que simplemente asumí que era el momento. Y me dejé caer. Y empecé a volar.

Hoy, mientras por la ventana veo a la lluvia empapar París, creo haberme llenado la panza de sensaciones, imágenes, energías y experiencias que, lejos de hacerme más sabio, sólo me hicieron más gordo, gordo de vida. Me empaché con el mundo y todavía estoy tratando de digerirlo. Probablemente nunca lo logre, no del todo, y sufra eternamente el hermoso banquete con el que me atraqué. Los medievales algo entendían si vivían de festín en festín santificando la fiesta de la gula.

Tengo un amigo que me dice, hace un tiempo, que el tiempo no existe. En su frase no puedo dejar de detectar un desenfrenado intento por explicar con optimismo la idea de los nacimientos y las muertes, de los comienzos y finales, de la vida cíclica que baila con el budismo y la sabiduría oriental. Pero la apropiación de la frase me permite resignificarla: el tiempo es una medida que asume el hombre desde el momento en que nace. Esa medida es etiquetada por la sociedad en la que vivimos y nosotros la consumimos comprando relojes que cuestan más que la comida, aunque valgan mucho menos. En China surcan otro tiempo, por ejemplo, y la vida consagrada al trabajo es ley ¿natural? La secularización atraviesa océanos y continentes. El tiempo nos empuja hacia lugares que nadie elige. El tiempo no es culpable porque nadie lo ve… pero todos lo siguen.

Entonces, ya que el tiempo es una noción que tenemos injertada pero, al mismo tiempo, la más absoluta impalpable materia, solo nos queda manejarlo a nuestro antojo.

El viaje, consecuentemente, ya no tiene comienzo ni, por suerte, fin. ¿Cómo se comienza un viaje? No es el despegue del avión. Tampoco el momento en que sacamos el pasaje. Me pregunto si será la inspiración que nos lleva a decidirlo. O si será la primera vez que te lo preguntaste. Entonces, no podría decir que Expreso a Oriente empezó cuando Joaquín me dijo que me sumara a su locura. Tampoco cuando Hipólito me dijo que no me acompañaba a Colombia porque se iba con Joaquín. Ni cuando decidí dejar mi trabajo para empezar a viajar.

El viaje podría haber comenzado el día que conocí a Joaquín, Hipólito e Ignacio, mis hermanos en esta aventura y desde mucho antes. Mi viaje, me niego a deducir, comenzó hace 26 años. Esos años, para la sociedad, se dividen en meses y días que están compuestos de tiempo. Ahora no lo llamaremos más tiempo. Ahora es un viaje mortal, sólo de ida, con destino la muerte. No hay que dramatizar: hasta con ese título suena encantadoramente seductor. El tiempo, por intentar definirlo, es la realidad que cada uno elige vivir segundo a segundo. El tiempo no puede alterarnos, no tiene siquiera manos. El tiempo, luego, no existe. Tenías razón, Georgeo. Gracias por la frase.

Entonces, salvada la situación con la explicación precedente, ya no soy más responsable de una despedida. Ya no cargo con ese peso que me encorva la espalda y me entierra los hombros. Sólo soy una sonrisa perdida por el mundo con forma de letra china, fumando un cigarrillo rolado y quemándome los bigotes con el encendedor, mientras el dRummer, mi payaso, se ríe de mí.

Corro nuevamente, a pesar de que en París no para de llover, y le gritó a Bayna que me lleve; y pasamos a buscar a Tiki para que todo esté descontroladamente bajo control, y en el camino está la chica de rastas de Berlín que nos invita a una fiesta arriba de su bicicleta, y todos los chicos de la escuelita de Inle Lake que quieren armar un picado, y los Pascal Jenny ya están poniendo las carpas, y por la montaña viene bajando Naranjú cantando una del Flaco Spinetta arriba de su caballo, y Norma nos pide por Facebook que le hagamos un lugar, porque no se lo quiere perder, y veo que en el asiento de adelante está el viejito contador de historias de Ekaterimburgo, que nos sigue hablando en ruso.

Y todo es una fiesta y no nos paramos de reír y el Cigarra, loco amigo de Hikkaduwa, corre por una playa para que no falte nada ni nadie y Serguei nos avisa que podemos dormir todos en Philoxenia, su mundo tan paralelo como zen, en la isla más grande del lago más profundo del lugar más inabarcable, Siberia. Pero, ¿quién quiere dormir? Y hasta Kerouac se sube a la camioneta –en esta cita que podría suscitar tanto amor como odio de Joaquín– y nos acechan todo tipo de acontecimientos imprevistos para sorprendernos y hacer que nos alegremos de estar vivos y verlos.

Y todo me gusta tanto que se saturan los colores. Y el cielo es más celeste, lo viejo es más rojo, y lo fresco más verde. Ahí, después de recuperar el aliento por haberme reído tanto, sacando la cabeza por la ventana rota de la camioneta de Bayna, miro al cielo y me doy cuenta de que soy feliz. Y lo único que me permite no sentirme culpable es querer invitarlos a todos.

Así, un poco, me grafico Expreso a Oriente. Así descansa en mi cabeza que nunca se cansa. Así sale a correr lleno de energía como una estrella fugaz cada vez que quiere. Así, un tren que sigue avanzando entre praderas y pueblitos polacos. Así, ese movimiento, ese flujo constante de energía voluntaria e inconsciente. Así nunca se despedirá, porque nunca terminó. Porque nunca empezó.

 

 

Despedida

Por Ignacio Antelo

 

“La ciudad eligió el silencio” me dijo hace unos días Luis de Girona, pastelero especialista en cremonas y azucares carbohidratados.

Frente a la noticia del paro contra la verborrágia ciudadana es que me siento acá, en el epicentro, que en este caso es una plaza con tres pinos y un peral, a esperar a que sucumba el escenario que hace un tiempo supo ser amable y que ahora, se muestra como venidero calvario.

Solamente escucho el campaneó rintinteante que llega desde lo más alto de la catedral de Santiago de Compostela. Anuncia las 12:00 hs y una mujer llora.

De espaldas a la orquesta que me atañe, se asoma huidiza, esta la última historia.

Avanzo por el parque hasta que veo un cartel con indicaciones. Enseña flechas que van hacia arriba, hacia abajo, hacia los costados y que nuevamente, vuelven a pisarse con las que van hacia arriba y otra vez con la que van hacia abajo y la de las costados, las de arriba y las de abajo.

Me acerco, aparece una escalera hacia abajo, veo el subsuelo. Desciendo hasta toparme con un portón blanco de marmol. Lo abro, encuentro un jardín hexágono de oscuras y altas  libustrinas que visto desde arriba es un octágono aunque también me dijo Alfonso, herrero dedicado al lacado del aluminio, que es un trapecio.

En el medio hay un aljibe y es de cemento rústico, de época. Me acerco. Escucho el cantar de unos pájaros.

En el centro de la circunferencia hay un balde que no tiene cuerda. Es anaranjado y con forma de butaca. En un extremo está mi nombre.

No pasan más de siete u ocho segundos que me acomodo y empieza el vertiginoso descenso y; en su pared continua, circular e infinita, comienza la sucesión de imágenes.

Veo caras, miles de caras de todos los rasgos, están detenidas, congeladas en el aire enrarecido de esta fosa. Flotan y me observan con detenimiento. Me llegan sus risas, son dientes afuera que enseñan vida, aprendizaje aunque a mí, en esta excursión poco habitual, me atemorizan un tanto.

Escucho sus voces, llegan éstas  aplomadas y ahora, el eco de la anterior se vuelve introducción de la siguiente.

Vuelve a sonar el campaneo de la Catedral; marca las 14 hs. Una mujer, de iguales rasgos pero distinta a la primera, llora.

Entre  el alboroto constante que acompaña mi viaje hacia la cuenca residual, capto  conversaciones que vienen en distintas lenguas; forman un zumbido etéreo y espeso, rectilíneo. A veces, casi siempre, se impone el Húngaro, que aparenta poca amabilidad y hermetismo impenetrable. Luego, se interfiere como pidiendo paso, el Hindú, lengua desordenada que atormenta pero que, después de correr el velo, tiene unos ojos marrones, como la miel o como la almendra, como el pelo del caballo, el zaino. Como el de una mujer, la más linda que he visto en la tierra. Entonces me acomodo pero no pasan mas de dos segundos y una milésima del primero que manejando un tractor aparece el árabe, verborágico como el sólo, denso y propenso a la confusión y entonces las tonalidades acústicas se fusionan y yo caigo con ustedes, Joaquín, Gastón e Hipólito en este trance efímero, en este túnel moviente que no quiere parar.

Las voces siguen, salen como por alto parlantes de un sistema musical antiguo, una vitrola de madera oscura. Entran al cerebro como un taladro y la viruta encefálica ensucia el aljibe, lo adorna. Los embates queman; me duelen porque se han convertido en pasado y eso, ya es síntoma de final, de desmoronamiento y de ceniza.  No le tengo miedo al pasado, que no se me mal intérprete, es que a veces la nostalgia viene caminando tan de cerca de la tristeza, del desasosiego, de la penumbra. Y este túnel de voces, caras, escenas, risas y lágrimas es ahora mi aljibe, mi casa, lugar cerrado y oscuro, profundo, frío y húmedo.  Ágria sensación de encierro y falta de aire.

Sigo bajando y en el fondo, que ya no está tan lejos como pensaba tiempo atrás, el agua se convierte en soga y tiene rasgos de víbora.

Y pasan cinco o seis minutos de atormentamiento constante cuando escucho la voz de Joaquín que me dice que no inventamos nada nuevo pero que creamos un mundo paralelo entre nosotros y que eso es lo que dura, lo va a quedar. Y lloro. Lloro como cuando era chico, mezcla de impotencia y miedo se acercan como lobos desde el final de este jardín donde pega el sol todos los días entrada ya la tarde.

Mientras sigue el descenso veo paisajes, los más lindos del planeta, llenos de flores blancas y otras rosas, otras naranjas y azules. Veo árboles, estructuras longevas y sabias del trecho. Veo montañas llenas de nieve y otras bañadas de pulposa vegetación, enmarañada que me llaman y otra vez quiero meterme de cabeza. Quiero saltar y caer ahí, destino inevitable gestado en la ley de gravedad. Y ahora, que hablo de teorías y de leyes, caigo en la cuenta que en esta vida existe una que tira fuerte de enserio…”hacer lo que uno quiera realmente”.

Es paradójico, este aljibe que hace décadas ha sido la fuente de vida de un pueblo, hoy, se convierte en mí sepulcro.

– “Hay dos maneras de volver al jardín” me dice Antonio, hombre de ralos bigotes que empuña un cuchillo entre la maleza. “Ni una ni la otra ahorran en sufrimiento, pues, el padecimiento a esta altura, ya es condena”, habla solo. La primera, consta en escucharse a sí mismo y entonces, tomar aire antes de la sumersión en el agua del foso. El primer tramo es tedioso y está repleto de monstruos de agua, pulpos que reflejados en las paredes de los acantilados subacuáticos a causa de los  penetrantes ases de luz superficial, se vuelven alacranes gigantes. La segunda, es una teoría que llega desde Occidente y es: “quemarse las manos sujetando la soga del aljibe, la imaginaria, la inexistente”. Sigue el descenso.

En vuelo, aparecen situaciones diversas, editadas. Escucho pasos y entonces, en plena caída, me vuelvo pero a causa de la velocidad a la que transito no llego a divisar con claridad al personaje. Sólo veo unas manos. Llevan una pala, una brújula y un mapa, una lámpara de querosene. Me apiado del peregrino.

Las situaciones proyectuales siguen. Nos veo allá por el mes de Octubre entrando a Bagán, pueblo más Budista del mundo, y diluvia. Hay una carreta y sentado está él, Ao Ao, dios de Myanmar que con un canto nos llama.

Detrás de él surge Avinash, viste una camisa cuadriculada y el pelo asentado a la antigua no se le mueve. Individuo que el tiempo no borrará, guía espiritual que nos hundió en el río Ganges para experimentar su cultura, su vida.  Mao mao, aventurero con el que cruzamos los campos desde Kalaw hasta Inle Lake y que dijo que era probable cruzarse con una cobra en el camino.  El túnel sigue y veo al tío dan, robbin, myriam, gemma, britt, David.

La veo a Rachel y a Mery y entonces aparece un camino pedregoso, estamos con Joaquín enseñándole a andar en bicicleta y ella, con absoluta tozudez, se ríe ante cada caída demostrando el más ímpetu interés del aprendizaje, el más puro, el de la no verguenza.

Y ahora, estoy en el desierto y lo veo a Alí, sentado sobre su camello, infante de diez años que fue nuestro guía alrededor de las dunas. Me apunta y me dice: “hello, you are my big brother. If you are happy i am happy. My name is Alí”. Se ríe pícaro. Medio que se esconde y vuelve a reír. Me mira fijo, me clava la mirada y de guapo me marca que la barba me queda mal, que me queda para el orto. Me dice que así no se usa y que me afeite. Para salir del paso le pregunto si tiene novia; no fallo. Se pone nervioso y me dice que sí y que se llama Zaira. Instantáneamente se arma un silencio y lo aprovecho con otra pregunta para darle la estocada final al pequeño sagaz: y…¿la llevás a ver el atardecer a las dunas y le das muchos besos?. Se caga de risa, se pone muy rojo y no quiere contestar pero con un gesto me reafirma su gallardía.

Aparecen Pequeña Linea y el Mar Rojo, Península del Sinaí, escenario de vuelo y confortabilidad.Te veo a vos corriendo por las playas de Sri Lanka con tu paraguitas roto, Cigarra. Y  Aparece Elvira y los fieles miramos el cielo y oramos al unísono: “vientooooo dile al cigarra, que su material es bueno y lo quiero…”. Luego, al instante, la aprecio, delgada, constante, ultra liviana y capaz de navegar los espacios en breves períodos de tiempo. Detrás de ella se van noches de risas y de velos eternos con Gastón buscando quien tenía el récord del Fruit Ninja. Lo veo a Samson en Goa, frente al mar arábigo con su puestito de cayacks hablando de política hindú y de lo cuanto que le gusta comer pescado fresco, del verdadero, del recién sacadito. Está Luigi, señor entrado en años que me enseñó las constelaciones en el desierto lindante a Pakistán. Cielo estrellado con vientos de arena.  Y cuando veo esa luna enorme que plateaba el llano amarillento y eterno me encuentro tirado en Berlín. Y aparecen Rugero, el Michael y la oscuridad berlinesca en todo su buen sentido. Moni, Anita, el custodio y ese húngaro grandote que hablaba de las “Fuck lands”. Yo lo miraba. Se llaman “Malvinas”.

Ahora, estamos parados en una casa y llega año nuevo. Esperamos en vano a que las agujas del reloj den las 0:00 hs. Pero ¿que importa? ¿Cambia algo?… Veo la lágrima, esa que tenemos los cuatro clavada en el pecho como un diente. Que no la mostramos porqué estamos ajenos, porque estamos lejos. Y si uno está lejos de los que quiere, la fiesta se convierte en la figura opuesta y solo resta aguantar.

Y otra vez, estamos ahí, ahora en Palestina, en la iglesia de la Natividad queriendo huir a Israel a ver a Tiki, a Munit y a Gen y sentirnos abrigados. Es que en Palestina hace frío.

Me veo en Madrid, sin barba, cuando todo esto arrancó, están Luke y Tommy.

Lo veo al Nando y proyecto Cádiz. Ahí si que hay amabilidad a destajo, de la buena. Me veo solo en esa terminal vieja, solitaria y te saludo Nando. te digo que te espero en Argentina pero sé que eso es difícil, y entonces no lo acepto con las palabras y huyo. Te doy la mano y aprieto.

Está Julia y Salamanca y también Galicia. Ahi veo la casita donde nació mi abuela María. Hogar humilde y austero rodeado de lindas sierras llenas de vida. Son muchas las ovejas que conté por allí,  son muchos los viñedos y las flores blancas abundan. Son enormes y tienen olor a sencillez y a grandeza conjuntas.

Marcelo, Hernán, jhoanna, Marcelo. El hombre más confiable de Egipto y también los veo al turco y a la Lore en un botecito enclenque en el medio del río Ganges donde enfrente nuestro se desintegran más cien cuerpos en simultáneo y una gota, producto de la echada de un hueso humano, le salpica el ojo al Turco y se pone tenso. Nos reímos.

Te veo a vos Tito viniendo en el medio de Sri Lanka a blanquearme que estás cansado y que necesitás volver a casa a dormir unas horas. Me lo decís triste, ¿crees que me dejás tirado? Para nada hermano, gracias por compartir estos meses de intensidad continua.

Y La caída sigue, es inevitable. Ya todo ha desaparecido; las campanas rintinteantes, el aljibe, el meticuloso andar de la víbora, Luis de Girona, el pastelero que malea los azucares, las flores, la butaca, ella y también los pulpos  reflectarios de alacranes que ahora, se han convertido en recuerdos.

Por el contrario, sólo veo nombres, que son mucho mas que eso, veo personas y escenas que otra vez se proyectan, y yo, siguiendo al sonido más industrial, siempre recordaré.

Gracias compañeros.

 

 

Despedida

Por Joaquín Sánchez Mariño

 

“De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido…”
Límites – Jorge Luis Borges

 

Terminó. No hay eufemismos ni frases huidizas que lo eviten. Simplemente el viaje terminó. Para mí fue el 10 de febrero del 2013, exactamente ocho meses y cuatro días de irme. Desde entonces trato de que publiquemos el capítulo final. No lo logré, hasta hoy. Ahora siento la instancia intermedia entra la superación y la angustia, pero la poesía me inclina a lo segundo, a la prosa del desasosiego. Entonces le escribo un mail a Ignacio, que sigue por España, y trato de generarme compañía. Le digo que me siento mal, que ya no soy el que viaja por el mundo sino el boludo que escribe desde un escritorio. Me responde al instante: “el que viaja por el mundo es el mismo boludo que escribe desde el escritorio”. Y me rescata, una vez más mi amigo me rescata. No es solo la confirmación de mi porteña condición de boludo lo que me reconforta, es que además su herramienta retórica me pone en contacto con el otro, que no es otro, y descubro que desde Buenos Aires también me puedo rescatar. No hace falta irse a Katmandú, ¿cierto?

Me acuerdo que me gustaba mucho ser capaz de armar la mochila en tres minutos, siempre hice alarde de eso. Me gustaba también comer lo que viniera, o no comer, eso lo fui aprendiendo. Me gustaba que lloviera mucho y mojarme en Sri Lanka. Ser simpático con un egipcio traidor, saber cómo decir cosas en idiomas raros, jugar al futbol con deportistas malísimos, eso también me gustaba. O regatear, ser estafado, rezarle a  Shiva, llorarle a Cristo, bailarle a Buda. Me gustaba forzar totalmente las emociones religiosas que nunca sentí. Porque nunca las sentí. Me gustaba pelear por Gastón y reconciliarnos en la primera chance de prepararnos un café instantáneo el uno al otro. Me gustaba hablar con Tito de lo que nos pasaba y lo que no, de las alegrías sutiles que no se volvían deslumbramiento y nos preocupaba, hasta que entramos en Mongolia. Me gustaba delirar con Ignacio y que sacara lo mejor de mí, sacar lo mejor de él, sentirnos artistas que salvan el mundo por citar a Calvino cada siete minutos y medio. Me gustaba ver a Gastón con ese don para la felicidad. Y ver a Tito manejar su talento para la desgracia, la mordida del perro, la bicicleta pinchada, las siete plagas de Myanmar. Me gustaba vernos a los cuatro exprimir hasta el último minuto en cada lugar que pisábamos. Pero lo que más me gustaba –y este placer me lo traje de regreso– era que llegábamos tarde a todos lados. Siempre tarde, sobre la hora, corriendo trenes demasiado definitivos con las mochilas a medio hacer y perdiendo accesorios en el camino. Siempre con urgencia por llegar a lugares a los que, en verdad, no teníamos ningún apuro en llegar. Siempre así, como equivocados, jugándonos en una cronometría imposible el presupuesto de todo un mes. Alguna vez perdimos, es cierto, un tren, un avión; pero en general estábamos a la exacta hora de partida en el andén correspondiente. Yo llevaba los pasajes, Gastón leía los mapas, Tito se preocupaba por que yo no perdiera los pasajes, Ignacio no podía entender por qué hacíamos –él incluido– tan mal las cosas. Y la verdad es que las hacíamos mal, nos estresábamos, perdíamos plata, terminábamos en una ciudad equivocada por tomar un vagón erróneo… Pero era incorregible. Y me gustaba. A veces nos juntábamos a hablar alrededor de una mesa y decíamos que teníamos que modificar los tiempos, salir antes a las estaciones, a los aeropuertos, dejarnos de joder con lo que fuera que estábamos jodiendo. Y lo hicimos, una vez, después de perder un avión de Malasia a Sri Lanka y que todo pasara a costar el doble. Aprendimos la lección y lo hicimos, sí señor, a partir de entonces nada de jugar a Indiana Jones con los horarios. Estábamos grandes y viejos. Yo ya tenía barba larga, no podía permitirme semejante chiquilinada. A Ignacio también le parecía importante. El día de la prueba fue, creo, antes de volar a India. Llegamos como dos horas antes al aeropuerto. Nos controlaron, mandamos la valija y entramos a la sala de embarque. Entonces sí, la pesadilla: una hora y media de espera entre sillitas incómodas distribuidas en un cuarto literalmente vacío. Nos miramos las caras. ¿Ahora qué?

El tiempo, ahí adentro, no tenía ninguna emoción. Ni siquiera un café compensaba el sobrante, porque un café en un aeropuerto es un lujo para darse cuando sobran minutos, no una instancia de descanso. Yo no puedo descansar cuando espero. ¿Quién puede? La siguiente vez que llegamos temprano a un vuelo fue en Israel. Cuatro horas antes, tiempo record. Resultado: cuatro horas ininterrumpidas de chequeos de seguridad debajo de los borceguíes de Ignacio. Una chica joven nos dijo: “si llegan sobre la hora no los revisan”. Claro. Pero ya era tarde –otra vez–, ya nos habíamos vuelto civilizados y no jugábamos con los horarios. Habíamos madurado. Y con eso, tristemente, me di cuenta de que estábamos perdiendo algo. Me gustaba darme cuenta de esas cosas. Desde entonces tomé la decisión de no llegar con tiempo nunca más a ningún lado. No. Nunca más esperar ni el microondas, nunca más quedar parado frente a un artefacto que hace creer que cuando termine de operar vamos a ser –finalmente– felices. Esperar es creer que necesitamos algo que no llegó, algo que está llegando. Esperar es plagar nuestra vida de pequeñas siestas inconscientes en las que podríamos estar viviendo. Y eso me gustaba: estar viviendo.

Tito alguna vez se preguntó por qué llegábamos justos a cada tren. Por qué correr atrás de un taxi, lastimarse la espalda, transpirar, pensar que el mundo se acaba, sufrir por un semáforo. ¿Por qué ese sometimiento?… Pues, lisa y llanamente, todo era por el vértigo. Por la aventura involuntaria de vernos correr ese vagón que por quince o veinte minutos era el único elemento importante de esta vida. Eso también me gustaba. Correr con furia atrás de la chica más linda del universo, que ya se va. Correr desesperado porque la formación sale para Agra sin nosotros. Correr a lágrima viva porque el hotel te esperaba a las cinco y no a las cinco y media. Correr por la mayor de las estupideces y porque el mundo es demasiado largo y no hay tiempo que perder ni tiempo que esperar. Cuando todo se reducía a ese tránsito psicodélico entre el hotel y la estación, nuestra vida se volvía una secuencia de acciones trascendentes y violentas, llena de cornisas y peligros, llena de ficción. Pero no lo era, estábamos ahí en plena carrera, estábamos definiendo nuestra felicidad absoluta.

Eso me llevo hoy. Eso me sale concluir sobre este viaje maravilloso. Durante ocho meses estuvimos peleando cada día por nuestra felicidad. Estuvimos vivos cada mañana, en cada ciudad. Alertas, estresados, dormidos, tristes, deprimidos, excitados, incrédulos, desnudos, enfermos, intoxicados, ansiosos y despiertos… Todos los días corrimos atrás de un tren pensando que la vida podía terminar ahí, exactamente ahí.

Después veíamos que la vida seguía, claro, pero esas micro muertes nos servían de estímulo, nos llenaban el cuerpo de adrenalina para seguir corriendo. Nunca antes estuve tan vivo en mi vida como en este viaje. No me importa el cliché que eso signifique. Me gustaba saber que, al menos por ocho meses, me estaba preocupando solamente porque el tren –este tren– nunca detuviera su marcha.

 

 

VideoExpreso a Oriente
MúsicaStop this Train, John Mayer / Magical Mystery Tour, The Beatles

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Medio Oriente http://www.expresoaoriente.com/2013/01/27/medio-oriente/ http://www.expresoaoriente.com/2013/01/27/medio-oriente/#comments Sun, 27 Jan 2013 23:26:21 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=660 Continue reading ]]>

 

Y ahora el avión sobrevuela el territorio de Arabia Saudita. Pasamos cerca de Riad, la capital, donde hace años tenía un amigo con el que ya no hablo.

En este viaje, un vuelo como cualquier otro, la aerolínea tiene un patrón cultural que hace del traslado una experiencia árabe condensada. Cuestiones de visados, dólares y tiempo nos privaron de visitar la tierra de La Meca, adonde de todos modos no se puede entrar si no se es musulmán. Pero el asiento 32F de la fila cuatro compensa la resignación. En la pantalla se reproduce lo que va filmando la camarita externa del avión. Se ve un cielo anaranjado pintado con nubes definidas al detalle, como si una lupa apuntara a sus contornos para descifrar un puzzle imposible, y detrás flota una estela hecha de gases que me hace soñar con el infinito.

Es uno de esos aviones modernos que tienen pantallita en cada butaca, y en cada pantallita hay películas para elegir. Las hay indias, árabes, yankees… En las yankees, las que miro, las mujeres que tienen escotes aparecen con el típico pixelado de la censura, se le disfrazan las zonas provocativas con un fuera de foco que, para mirarle el lado bueno, debe ayudar bastante florecer la imaginación. Leo un librito mínimo que explica el islam (no lo explica, los esboza apenas), y dice que hay que evitar promover los pensamientos impuros, y un escote o una tetona agitada sobre los pedales de una bicicleta (con los vaivenes que conciernen en estos casos a una tetona), le mueve el avispero de los pensamientos impuros a cualquiera. Y los árabes, que al parecer no tienen permitido excitarse ni en el cielo, prefieren utilizar el pixelado a arriesgarse a que alguien se encierre en el baño sin ganas de hacer ni lo primero, ni lo segundo, pero sí lo tercero. En fin, sigo mirando la película sin ir al baño pero juego un rato con la imaginación y, de puro terrorista, me figuro dos terribles tetas tras cada pixelado que aparece.

Las azafatas, amabilísimas, visten un velo negro que les cubre parte de la cara. La ropa sin embargo no está regulada solo para los empleados: cualquier pasajero de Saudi Arabian Airlines tiene prohibido subir al avión con pantalones cortos. Y ahora de pronto pienso que era eso lo que buscaban exhaustivamente en los ocho controles de seguridad que nos hicieron para salir de la India: ¡bermudas!

Aterrizamos en Riad para hacer una escala técnica. Imagino cómo podría ser pasar un tiempo acá, donde la cultura se presenta de modo tan intempestivo. Enumero: antes del despegue, como si ellos mismos le desconfiaran al piloto, en la pantalla se proyectan los subtítulos de un rezo a Alá que sale de los altavoces; más tarde Ignacio, en pleno vuelo, pregunta dónde está el norte porque quiere saber dónde está Buenos Aires. “¿Quiere rezar?”, le responde la azafata, “porque la Meca queda hacia allá”. Después nos dan a probar dátiles y un café árabe que nos parece sospechosamente parecido al agua de Ganges. Lo tomamos igual.

Ahora llegamos a Yida. Aterrizamos y cambiamos de avión. Me entusiasmo con la posibilidad de pasar un tiempo en uno de los aeropuertos más importante de Arabia y, más aun, con la chance de esperar un avión en el corazón de Medio Oriente. Esperar un avión en el pasillo iluminado de un paraíso petrolero, e ir al baño, subir escaleras, mirar los uniformes de los policías y preguntarles la hora. Esperar un avión en tierras del Rey Tal y notar que la experiencia más improductiva del mundo, la espera, en Arabia puede convertirse en una lección de islamismo. Y aprovecho y compro una coca cola con tarjeta para que me llegue un ítem en el resumen del banco que constate que estuve ahí, esperando un avión en pleno mundo árabe, jugando con la quintaesencia del romanticismo anti imperialista moderno.

Y el avión vuelve a salir. Si bien nuestro camino por Medio Oriente va a ser por Egipto e Israel, no tengo dudas de que este vuelo también forma parte del recorrido. No se le ponen nombres a los trayectos entre ciudad y ciudad, suelen ser solo distancias vacías de sentido, pura espera entre un no-lugar y otro, movimiento falso que, de resultas, no hace aparecer en algún lado. Pero hoy quiero variar y, en homenaje unilateral a Nicanor Parra –mi poeta–, propongo cambiarle el nombre a algunas cosas: a Dios lo llamaremos como quieran, y a este vuelo le diremos Bienvenida.

Unas horas después, El Cairo.


Dos: Egipto.

Suele llevar un tiempo adaptarse a una ciudad, a un país, a una cultura. Requiere un par de días, breves lecturas de un libro de historia y algunos pifies en situaciones triviales (compra de ticket de colectivo, orden de un postre en vez de otro, pronunciación fallida del saludo más famoso del lenguaje). Pero en Egipto, donde nos recibe la revolución, los tiempos llevan otro ritmo. Aterrizamos en El Cairo el jueves 13 a la noche y el viernes a las 10 de la mañana ya atravesamos todas las instancias de adaptación. Raro, como si el aire primaveral arábigo supusiera un modus hormonal de compromiso. Porque llegamos sin mucho conocimiento de la situación (un tal Mursi –el presidente– es repudiado por mucha gente y quiere hacer una nueva constitución con la que esa mucha gente no está de acuerdo, y se va a votar un referéndum, y mucho no lo quieren, y hay un campamento permanente en una plaza y hay tanques por ahí y capaz se pudre todo), pero me encuentro con un periodista sueco excitado que me dice que van a ser grandes días y le pone un halo de importancia al hecho de estar ahí, y dice que somos testigos de la historia y qué se yo. Puede que el tipo no haya visto una manifestación en su vida, pero en siete minutos de conversación nos convence de que carguemos la cámara, dejemos las pretensiones turísticas al margen y nos pongamos en el ojo de la tormenta como si realmente nos interesara un corno esa tormenta. Pero pasan los minutos, aparecemos perdidos a la Plaza Tahrir, y cientos de egipcios rezan arrodillados frente a un escenario. Tengo la cámara en la mano y corro de un lado a otro con la misma excitación que antes le vi al sueco. Este no vio una manifestación en su vida, pensará el tipo de túnica que me mira desde un costado de la protesta. Y le pifia, porque sí vi, claro, pero ahora entiendo que la emoción no está en la revuelta en sí. No. Está en ese raro fenómeno del que hablo antes, en la manera apresurada en que uno se compromete con todo acá en El Cairo. La energía con que proclaman, la fuerza con que responden, la desesperación fatal de gargantas quebradas hasta el límite. O el llanto seguido de oración, la inclinación hacia La Meca o los puños en señal de entrega. Todo se complota para que uno aparezca involucrado aun sin quererlo. Azhán, un tipo con el que hablo, me dice que están ahí en contra de la constitución, y que si se aprueba van a seguir estando ahí, y que son capaces de entregar su vida para luchar por su país. “En Egipto es muy fácil que te maten hoy en día, y es muy fácil matar a cualquiera”, dice, y me explica que ahí mismo radica la fuerza de la protesta, en esa hipérbole de la impunidad. Después se va cantando.

Cerca de la media noche vuelvo al hotel. Tengo que editar fotos, bajar algunas ideas y pensar por qué carajo me importa todo esto. Digo, por qué me importa contarlo. Sin embargo, en este caso la respuesta me sale fácil, creo. Todos necesitamos revoluciones. Todos necesitamos hacerlas y apoyarlas al menos una vez. Sea para un lado o para el otro, al menos una vez en la vida hay que comprometerse con algo. Y acá, donde ese algo me es tan completamente ajeno, donde mi probable ingenuidad política no puede lastimar a nadie y los riesgos son de otros, acá puedo jugar a la revolución tranquilo. Y de paso, ya que Egipto debe ser de los lugares más visitados del mundo, gano un argumento fuerte para no sentirme turista.

A los pocos días, sin embargo, la condición de turista se impone. Tomamos un tren y llegamos a Tebas, antigua ciudad de Egipto hoy llamada Luxor, nombre dado por los árabes que llegaron en los años seiscientos. Está atravesada por el Nilo y distribuida en casas y puestos de artesanías alrededor de distintos templos en ruinas, la mayoría con más de tres mil años de historia. Además tiene una estación de tren y cerca de medio millón de habitantes. Llegamos un poco apresurados por el calendario estricto que nos deparó diciembre. El primer día caminamos por Karnak, el templo –o lo que quedó de éste– más grande del mundo. Está montado entre columnas impresionantes tallada a mano con cientos de inscripciones extrañas de un tipo con una terrible pija en dirección al cielo (supongo que decir “un tipo al palo” quitaría toda autoridad arqueológica a la observación). Lo guías de los grupos que andan por ahí (nosotros no contratamos uno por falta de plata, entonces tenemos que mendigar la información espiando en los contingentes de japoneses o europeos), dicen que es el signo de la masculinidad. Me alegra el dato porque su obviedad confirma que hicimos bien en no contratar un guía. Además, como al espiar no solo mendigamos información sino también esa sensación de alumno ejemplar que quiere aprenderlo todo, la voz en italiano del gurú de turno –señal de masculinita, dice– me trae la voz de María Marta del Grosso, mi profesora de historia del secundario. Me acordé de ella ni bien creí recordar que eso ya lo sabía, y busqué desesperado en la memoria y de algún modo llegué a los libros de Kapeluz, los dibujos de las esfinges y las mil formas de siempre terminar nombrando al Nilo. Automáticamente me acordé de la importancia de Tebas, la superpoblación del nombre Tebas en aquellos manuales, le severidad con que del Grosso la refería y trataba de hacerme entender su importancia en la historia moderna. En aquel entonces no me conmovía en lo más mínimo: una pequeña ciudad del pasado que en algún rincón remoto de sus tres mil años de historia había sido importante. No mucho más, por supuesto no me importaba que los faraones de la Nueva Era egipcia hubieran establecido acá un mega cementerio de lujo llamado “El valle de los reyes”, donde por veinte dólares la entrada se pueden visitar 12 de las 62 tumbas encontradas, entre ellas las de Ramses II, Ramses III, o Tutankamón (otros 20 dólares para ver la momia y uno de sus ataúdes). No, nada de eso me importaba ni estaba en la memoria. Pero ahora, que no solo estoy en Tebas sino que recuerdo el peso de su nombre en mis años del secundario, ahora de pronto estoy emocionado, y voy como un chico de acá para allá como si estuviera en un parque de diversiones, y saco el carnet del estudiante que ya no soy (muestro el nuevo dni, el chiquito, y peleo e insisto en que es el carnet de estudiante argentino, que dura hasta el 2025, y que me tienen que hacer el descuento del 50% que dice la entrada), y entro hasta a los templos cuya puerta indica que no hay nada para ver.

No sé si del Grosso estaría orgullosa de la treta con el falso carnet de estudiante, pero me doy cuenta de que no tengo ningún prurito cuando de la condición de chanta depende la posibilidad de entrar a algún lugar de la historia. Entonces convencemos al guardia de turno y estamos en medio de un templo milenario en Tebas, y miro el Nilo a lo largo de todo, y me acuerdo otra vez de del Grosso y me emociono, sinceramente me emociono, pienso cosas del estilo “estás acá, llegaste”, cuando en verdad Tebas nunca fue un acá o allá al que llegar. Pero me pasa, me emociono y me pregunto por qué. Dudo que haya alguna respuesta. Solo puedo suponer que aquella remota ciudad del pasado, del pasado en general, no me importaba en lo más mínimo porque en ese entonces aquel pasado en general no tenía ninguna relación conmigo, un adolescente inseguro de Buenos Aires que -chabacano como todos- recordaría las clases de historia gracias a las iconografías semipornográficas de los egipcios (aquel faraón al palo)… Pero hoy, subido a un globo y viendo la misma Tebas desde el aire, hoy que la veo con el recuerdo tierno de María Marta del Grosso hablándome de Tebas, hoy la ciudad es importante, fundamental. Digo, los lugares, no importa su lugar en La Historia, solo significan algo cuando los hacemos parte de nosotros, de la pequeña enciclopedia personal que construimos con recuerdos, con emociones, con retazos nostálgicos de una memoria adolescente. Ahora, que ya tengo 27, de pronto descubro en Tebas que tengo pasado, y que la ciudad es parte de ese pasado aunque más no sea en forma de segundo cuatrimestre de tercer año. Digo, no me emociona Tebas sino la voz de del Grosso hablando de ella, y mi yo adolescente ignorándola, y mi versión moderna recordando todo al mismo tiempo como parte de un mismo papiro sincrónico al que llamo Tebas y que explica, si tiene algún sentido explicarlo, cómo es que llego del signo alado de la masculinidad a esta sensiblería de poca monta, indigna de aquellos dotados faraones.

Supongo que no debiera importar que más tarde, cuando la conexión lo hizo posible, me di cuenta de que la Tebas de la memoria bien podría ser la que está en Grecia, pero no lo sé. Me gusta pensar que del Grosso, conocedora de todas las historias posibles, me estaba hablando de la Tebas en la que más tarde me acordaría de ella.


Tres: Israel

El tiempo pasa. Entramos a Israel por la frontera  del sur, por Eilat, donde el mar rojo baña sus costas. De un lado se ve Egipto y en la otra orilla Jordania. El mar, rojo por el color que toma al atardecer y no por motivo morboso alguno, es tranquilo. Apenas está frío, fresquito, y se lo ve como feliz, como en flor en medio de un desierto. Una flor que, además, nos recibe con el abrazo y la risa desquiciada de Tiki. Está parada al otro lado de la frontera y nos grita desde atrás de un guardia de tremenda ametralladora. Voy a ella siguiendo a Gastón. Me la acuerdo tal cual es, igualita a sí misma incluso en el sol de Israel, y a los dos o tres segundos se me vienen todos los recuerdos de Mongolia juntos. Tiki, nuestra amiga que junto a Chen y Aemunatia viajaron en la misma van soviética que Tito, Gastón, Bayna y yo. Bayna, nuestro amigo Bayna, que ahora no está para manejar, pero está Tiki, relajada, histriónica, organizando todo de la manera más perfecta: el cafecito de nombre raro en restó cheto, seudo recorrida por Eilat, visita al Mar Muerto… Bienvenida perfecta con metáfora incluida: flotar en el Mar Muerto, meterse en el punto más bajo de la tierra en relación con el nivel del mar y flotar, flotar incluso haciendo palito, flotar dictatorialmente, flotar en forma de vuelo. Eso: entrar a Israel en el abrazo de la amiga y flotar en medio de un lago al que llaman mar. Y para que no todo sea tan limpito, tan Amado Nervo en nada te debo vida, nos embadurnamos de barro mineral y seguimos flotando un rato más.

Después, de noche, llegará el reencuentro con Chen y Aemunatia en Jerusalén. Más abrazos, más besos. Todos de amistad, salvo uno, un pequeño beso ambiguo que –sin llegar a ser– se cuela en los labios de Gastón y baila. Es lindo verlo, coqueteando en el limbo de lo imposible con una chica que le coquetea en otro limbo, y ahí está lo fatal, porque los limbos no se encuentran, no se tocan, y los besos desaparecen sin llegar al mundo, ni a Jerusalén ni a Mongolia. Es triste ver tanto aborto de romanticismo. Pero el baile continúa y Gastón, intratable soldado del optimismo, pide una cerveza y va en busca de atorrantas.

Además, claro, Israel fue la recorrida bíblica más intensa posible. Día uno: la Vía Dolorosa, las estaciones por las que pasó Cristo con la cruz en su camino a la muerte. Día dos: el Muro de los Lamentos, rezos intensos, mucho poder en forma de fe, mundo ajeno que me llama a silencio. Día tres: Navidad en Belén, Palestina, lugar exacto donde nació Jesús en el año cero, la estrella que marca el sitio y la gruta que hizo de pesebre. Día cuatro: Nazareth, iglesias, mercados. Día cinco: mar de Galilea, donde caminó sobre el agua…

Día ocho: cinco horas de demora en el aeropuerto de Tel Aviv para abandonar Medio Oriente. Los borceguíes de Ignacio duermen en la cinta de seguridad, que busca testaruda el explosivo que esconde el cuero. Pero no lo hay. Finalmente subimos al avión. Nos hacen volver a abrir las valijas a todos. Bajan el equipaje. Esperamos otras dos horas sentados en la butaca. Israel no nos deja ir y a nosotros, que comenzamos a vivir el epílogo de Todo, nos hace gracia. ¿Y si se posterga para siempre? ¿Y si quedamos varados hasta los ochenta en este aeropuerto, varados siempre en la última etapa de Expreso a Oriente? Gastón se ilusiona, le cuesta soltar, pero de golpe se acuerda que no le da el presupuesto y pone cara de pánico. Ignacio calla, semi triste, semi aterrado. Y las azafatas siguen buscando la bomba.  Yo sigo buscando ucronías: ¿y si no acabara? ¿y si el avión no despegara nunca? Cómo sería pasar el resto de mi vida en un no-lugar, un lugar que, por definición, no es ningún lugar, o es apenas lo que uno puede hacer de él. ¿Cómo sería perderse ahí?… Y digo: ¿no es eso acaso lo que venimos haciendo hace ocho meses? El mundo, todo, como una gran fantasía de palabras. El mundo, todo, como el sueño que inventamos desde acá.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
VideoExpreso a Oriente
MúsicaWonderful World, Rico Rodriguez / One Day, Matisyahu

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Varanasi http://www.expresoaoriente.com/2013/01/03/varanasi/ http://www.expresoaoriente.com/2013/01/03/varanasi/#comments Thu, 03 Jan 2013 19:38:15 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=648 Continue reading ]]>

 

Escucho cómo el fuego va consumiendo la madera, los chispazos típicos de quien somete un pino o un algarrobo a una fogata. El humo, inevitable señal del asado, acá se va más lento, más espeso. Y de la sinfonía de pequeñas llamas se desprende un crack, un sonido que no entiendo hasta que veo dónde estoy.

Ahora el fuego ya no está. Avinash me mira fijo, me prueba. Olvida su sonrisa, la que tenía hasta hace dos minutos, y me clava esos ojos negros para ver hasta dónde llega mi interés. Me doy cuenta y me pongo serio, le demuestro mi respeto por su cultura y su religión. Y me pregunto si el respeto impostado es respeto. Como sea, mi cara me vende, estoy realmente asustado y no puedo esconderlo. Tampoco quiero. Así lo siento y así quiero vivirlo, con miedo, con muchísimo miedo. Vinimos hasta Varanasi para tratar de entender qué significa el río Ganges para la religión hindú, la más importante de India y la más venerada por su gente. Y ahora estamos acá, frente al río más sagrado del mundo, en cuyas orillas se queman alrededor de noventa cuerpos al día con el fin de purificarlos, de liberarlos. Acá, donde el agua recibe las cenizas de todos esos cuerpos, acá donde el color verdoso se confunde con el negro, acá estamos con Joaquín, en silencio, mirándonos y escuchando a Avinash, que nos explica por dónde meternos al Ganges.

Vuelvo a escuchar el crack. Una tráquea se quiebra y la cabeza, tendida, se descoloca. Miro para un lado, después para el otro, y busco un cómplice que me acompañe en este rito. No lo encuentro, no está. Estoy sentado en un botecito a seis metros de la orilla del río. En frente mío está el crematorio más imponente del mundo y acá estoy, quieto, callado, mirando cómo incendian cuerpos y más cuerpos.

El fuego va haciendo su trabajo. De a poco va consumiendo la carne, los pelos, las uñas pintadas de los pies. Alrededor de ese cuerpo tirado, uno más entre los diecisiete que lo rodean, están sus familiares cantando y celebrando la muerte. Hacen una ronda y lo ven arder, desaparecer, lo ven irse detrás del humo. Uno dirige la ceremonia mientras los otros elevan cánticos religiosos que estoy lejos de entender. Lo miro y lo siento, pero no lo entiendo. Hay cosas que se conocen desde la teoría, otras que sólo se pueden experimentar. El Hinduísmo, en India, es una de esas cosas. Se vive más allá de cualquier análisis o estudio. Como esto, ver quemarse un cuerpo en Varanasi, donde a tres o cuatro metros de esa ronda de familiares hay una montaña de maderas que, apiladas, forman una hoguera enorme. Junto a ella espera su turno otro cuerpo.

Hay sol en Varanasi. Camino junto a Avinash y le confieso mis miedos. Le pido que me cuente las consecuencias que puede traerme bañarme en el Ganges, donde desde hace más de 3000 años se tiran no sólo cuerpos sino también basura, restos de comida, todo tipo de materia fecal, todo tipo de mierda. Avinash me mira triste y me contesta: “Mi hijo y yo nos bañamos todos los días acá, este es nuestro río, esta es nuestra madre, mother Ganga. Acá me bañaba con mi papá cuando era chico. Si querés meterte tenés que estar decidido, tenés que sentirlo. Cuando yo era más joven –se ríe–, lo cruzaba de costa a costa nadando. Me demoraba unos 40 minutos, estaba en forma, claro. Hoy ya no puedo –esconde una mirada avergonzada que baja despacito y con un lerdo gesto levanta la mano izquierda mostrándome un cigarrillo–. En fin, si no estás seguro no te metas, probablemente no tengas una buena experiencia”.

Callo, elijo hacer silencio aunque no tengo más que decir. El silencio me calla a mí en realidad, me somete a su mando. Por suerte Joaquín lo quiebra al medio después de unos cinco o seis segundos diciendo que él está convencido. Arrancamos y en pocos minutos llegamos al Gat en cuestión (Gat se llaman los puntos estratégicos que se usan para dividir la orilla del Ganges en paradas). Avinash nos explica las oraciones de respeto que hay que decir antes de entrar al río. Atrás de él reluce una esvástica, que es el símbolo que representa al Hinduísmo desde hace más de 3000 años. Joaquín escucha atento mientras yo voy preparando la cámara. No duda, se saca la remera, el pantalón y se sienta en las escaleras de cemento que se meten en el río. Baja la cabeza, repite las palabras de respeto hacia Ganga y se manda. Lo veo a él y decido decidirme.

Aparatosamente empiezo a sacarme la ropa y Avinash me dice: “si vas a meterte tenés que dejar tu ego de lado”. Bajo las escaleras un poco asustado y en el último escalón que está fuera del agua me resbalo como pocas veces en mi vida. No me mato de casualidad, porque Ganga o porque Shiva, quién sabe. Me paro rápido y lo miro a Avinash como pidiéndole disculpas. Me repite que deje mi ego de lado. Me siento, digo las palabras de honra al río y me someto a la experiencia. El agua me cubre por completo.

Esta es la forma de vida en India, es su cultura. Hace más de 3000 años que queman a sus muertos para después esparcir las cenizas en el Ganges. En los crematorios los cantos son los que marcan el compás de las ceremonias. Ahora están creciendo y son cada vez más ensordecedores. Me pregunto qué se dirá a sí mismo ese cuerpo cubierto de trapos que está ahí acostado hace más de treinta minutos, en la cola para terminar en polvo. Me pregunto si se dirá algo, si su alma pensará en forma de palabras. Imagino que disfruta sus últimos instantes de vida y trata de respirar fuerte, pero fracasa. Uno de los familiares agarra una antorcha encendida y sin vacilar le da mecha a la hoguera. Las llamas suben, envuelven el cuerpo y empiezan a llenarle las cavidades de humo blanco, lo intoxican. Los otros, mientras tanto, siguen cantando, casi que gritan, y yo los miro y trato de encontrarles la lágrima. No está. Empiezan a sonar los tambores que llegan desde lo alto del crematorio. Hay mucha gente parada; son todos hombres hablando como si fuese una plaza más de las tantas. Hay mucho humo, mucho, y hay más de veinte cuerpos tapados con sábanas de colores y flores esperando su turno. Hay escalones grises oscuros de unos cincuenta centímetros, fríos y sucios. Hay un tipo, una especie de verdugo que va hurgando entre las hogueras y después de largas horas agarra lo único que queda del cuerpo humano tras la incineración. No es cualquier hueso, es el coxis, el único que no llega a quemarse a esas temperaturas. Lo agarra con dos palos de madera y camina hasta donde estamos nosotros, que miramos todo desde un bote junto con otros turistas. Lo tira, las gotas nos salpican en la espalda y el Turco, argentino que conocimos en Varanasi, dice que le entró una en el ojo. Pregunta si con eso alcanza para estar purificado o si va a perder la vista. Nos reímos, descontractura el ambiente, pero no pasan más de nueve o diez segundos que otra vez estamos todos mirando atónitos, estupidizados con lo que vemos. Y entonces veo una vaca acostada adelante mío que también lo mira todo pero que no se sorprende en lo más mínimo. Hay dos perros que juguetean y corren alrededor de los cuerpos. Cada tanto terminan de cabeza en el agua oscura o nadando entre ceniza y basura, buscando algún pedazo de carne que se pueda rescatar.

Ya llevamos más de cinco minutos metidos en el río. Joaquín me dice que hay que experimentar con el cuerpo lo que sienten los hindúes, no con la cabeza, porque no podríamos. Le digo que sí y vacilando le planteo qué pasaría si aparece un cuerpo flotando o si pisamos un cráneo. No me contesta, pero a los pocos minutos salimos del río. Avinash nos da una palmadita, se lo ve contento. Y un perro, quizás el mismo que antes hurgaba en el crematorio, acerca su hocico a mis piernas. Me huele uno o dos segundos y después, como decepcionado, se va en busca de otro cuerpo.

 

TextoIgnacio Antelo
VideoExpreso a Oriente

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India http://www.expresoaoriente.com/2012/12/26/india/ http://www.expresoaoriente.com/2012/12/26/india/#comments Wed, 26 Dec 2012 02:10:06 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=639 Continue reading ]]>

La vaca camina, como tantas otras, por el medio de una calle en Hampi, un pueblito de 200 metros cuadrados perdido entre templos. Le cuelgan unas ubres largas y señala su camino con los cuernos. Quién sabe si será hinduista, cristiana, musulmana o budista. Si cree en la reencarnación, si en sus pasadas vidas anduvo –sagrada– hurgando la basura en India, o si supo pastar en las mesetas de Mongolia. Capaz incluso fue una vaquita feliz y rechoncha de La Pampa, a pesar de tener destino de matarife.

La vaca sigue su camino hasta un puesto sobre la ruta, en el que un hombre vende pasto que tiene prolijamente desacomodado sobre una mesa. Otro hombre se acerca, suelta unas rupias por un puñado de ese pasto y, previo rezo, se lo entrega a la misma vaca, implora a algún dios y endereza rumbo hacia su trabajo. El hombre en cuestión es hinduista; la vaca, si aún no lo es, al menos debería tener cierta simpatía por ese fervor religioso que le da de comer.

La escena me recuerda a otra en la puerta de un templo budista en Yangón, Myanmar: un indio acaba de desviar su rumbo hacia el trabajo. Se quita el calzado, alaba a Buda, se vuelve a calzar y le da unos billetes a una señora que saca uno de los tantos pájaros que tiene encerrados en una jaula minúscula. Se lo da al hombre que, previo rezo, lo libera arrojándolo al aire. Pagó la fianza de su libertad, vuelve a rezar y sigue camino a su trabajo. El pájaro vuela lo más alto posible para evitar ser cazado nuevamente; la señora manda a su hijo a cazar más pájaros.

El círculo productivo, capitalista y religioso –y vicioso– acaba de dar una vuelta más y, sin detenerse, comienza la siguiente. Ironía o no, las enseñanzas del budismo están simbolizadas por el dharma chakra, la Rueda del dharma, que comenzó a girar en Sarnath, India, hace más de 2400 años tras el primer sermón de Buda, que reposa inmóvil y pacífico en el centro de la rueda.

Rahul dicta cursos de comida india en Palolem, Goa. Considera muy importante la religión, las costumbres y la espiritualidad india. Cuenta que los jóvenes, las nuevas generaciones, solo piensan en una cosa: ganar mucha plata. Rahul dice que su sueño –en un tono de desmesurada sinceridad– es juntar mucha plata. Piensa un segundo, cambia el semblante, y trata de bañar de ironía su más reciente discurso. Ahora su sueño es viajar por el mundo. ¿Con qué idilios vivirá Rahul?

Luigi, italiano y fumador compulsivo que pasa la noche en el desierto de Jalsaimer, lleva cinco visitas a India (la primera fue hace treinta años, cuando veía a leprosos muriéndose a la vera de la ruta). Fascinado por la filosofía de este país, explica que para entender realmente esta cultura hace falta estar al menos seis meses recorriéndola, la India y la cultura, y leer mucho al respecto.

Como Luigi, que trae su canosa barba y su pelo largo desde Turín, piensa mucha gente de todo el mundo que viaja por medio año a India a tratar de encontrar algo. Su interior; su espíritu; su liberación. Religiosas y no tanto, millones de personas llegan cada año a India a comprar su libertad, conscientes o no.

El hombre que le compró el pasto a la vaca también está comprando su libertad, su salvación. El que liberó al pájaro probablemente intenta liberar su propio espíritu. No lo saben, pero de algún modo alimentan el círculo vicioso de la libertad del espíritu, que gira y gira con el chakra dharma.

Mientras tanto, David y sus hijos, Alí y Salim, preparan el almuerzo. Son guías en el desierto, pasean turistas sobre sus camellos y, de algún modo, ofrecen a cambio de unas rupias una sensación bastante parecida a la libertad.
David y sus dos hijos son musulmanes y viven en una aldea a 20 kilómetros de la frontera con Pakistán. Caminan horas bajo la luna desértica para llegar a su casa. Sus camellos son el pájaro encerrado en la puerta de la pagoda, son el pasto prolijamente desacomodado que pronto comerá la vaca de los primeros párrafos de esta crónica.

Hace unos días mi hermano me escribió un mail pidiéndome que le cuente cómo funcionan las sociedades de este lado del mundo, si aquí también es ridículo el desbalance nacido del capitalismo o si la gente se rige con (otros) principios. En India no vimos los cadáveres de leprosos a la vera de la ruta de los que me habló Luigi, pero la pobreza es extrema en muchos lados.

Sin embargo, aquí la pobreza es distinta, si es que existe la posibilidad de que tenga distintas formas. Después de todo, la pobreza, miseria, indigencia o como se la defina, no es más que un dolor creado por el hombre. En cuanto a los sentidos, ese dolor se palpa en India con los ancianos desnutridos pidiendo monedas en las calles de las ciudades, y con los chicos en las aldeas del desierto aprendiendo a decir en inglés ruppee (rupia) y school pen (bolígrafo para el colegio).

Pero India trasciende cualquier análisis parcial, y ni uno económico ni social pueden comprenderla. El espíritu indio corre por caminos tan profundamente religiosos que la escisión de cuerpo y alma es completa. El indio vive dos vidas a pesar de tener una sola: una lo obliga a alimentarse cada día para sobrevivir; la otra le asegura que nada hay de importante en este mundo más que encomendarse a Shiva, Alá, Jesús, Vishnu o Ganesha. Entonces, todo se convierte en una insólita devoción por la fe, junto a una incesante búsqueda por santificar este andar por la tierra.

Y en esa vida interior es donde veo que la pobreza es distinta, y aunque no conciba la idea de que alguien pueda ser feliz sufriendo necesidades, en India realmente la pobreza parece importar poco (desde cualquier punto de vista). Al menos en apariencia, el pobre es tan religioso como el más rico, y al más pobre no le interesa tener más plata que la necesaria para sobrevivir, le alcanza con saber que su vida significará un paso adelante hacia el esperado final de las reencarnaciones (samsara para el hinduismo, nirvana para el budismo), o para la entrada al paraíso (católicos y musulmanes). Lo mundano, en ese nivel de consciencia, está muy depreciado.

Alí, el hijo menor de David, que tiene diez años y no va al colegio, lava los platos fregándolos con arena, duerme de noche en el desierto, pasa frío, tiene tos. Sin embargo, a diferencia de lo que piensa Rahul –el cocinero de Goa–, a Alí, que todo el tiempo fuerza a su camello para que galope y trabaja con su padre desde que tiene consciencia, lo que más le importa no es la plata. A Alí, lo que más le gusta son las galletitas dulces.
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TextoGastón Bourdieu
VideoExpreso a Oriente
Música:  O…Saya, de Rahman / Seja Feliz, de Marisa Monte

 

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Myanmar http://www.expresoaoriente.com/2012/11/25/myanmar/ http://www.expresoaoriente.com/2012/11/25/myanmar/#comments Sun, 25 Nov 2012 09:18:41 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=608 Continue reading ]]>

 

  • Algo así como bañadas de sangres, las bocas, todas las bocas, pintadas de rojo como si estuvieran muriéndose, desangrándose. Y no lo entendemos, porque acabamos de llegar a Myanmar y no entendemos nada, solo vemos bocas rojas y algún que otro vendedor ambulante. Un taxi que nos deja en la esquina más movida de Yangón y desaparece. Un templo dorado adelante nuestro, un concierto de voces que nos miran y nos nombran. Es de noche y avanzamos por un callejón sin luces en busca de algún hotel. Es tanto el desconocimiento que ni miedo tenemos, nada, solo la misión de esquivar los bolsones de basura y llegar a algún lado. Y después de un rato lo encontramos. Algún lado. Nos abre la puerta un chico con el pelo anaranjado. Nos sonríe, la boca roja, y nos dice el precio de la noche. No hay mucho que pensar, a estas horas, cuando dormir se vuelve el verdadero pasaje a Myanmar.

    Uno. Yangón, ex capital de la ex Birmania.

    No sabemos cómo decirle, al país, porque se llama Myanmar pero se llamaba Burma, que en español era Birmania. Pero no nos decidimos, jugamos entre uno y otro tratando de descifrar cuál es la variante más exótica. Y es Myanmar, porque a fin de cuentas nadie sabe bien qué es. Nosotros tampoco, que llegamos por la promesa de virginidad que acompaña a su fama. Tailandia, Vietnam, Malasia, China… siempre algo se sabe. Pero Myanmar. ¿Qué es Myanmar?

    En el día uno, muertos de calor y arrojados a sus calles, Myanmar es Yangón, una ciudad de cemento perdida hace treinta años. Los edificios se ven pintados por las estrías negras del abandono, sus calles sin veredas parecen ferias de baratijas, los autos modelo setenta y siete se las ingenian entre peatonales improvisadas, y cada dos por tres aparece un monje budista que, digamos la verdad, sufre tanto el caos como cualquier otro. Y además, en perfecta concordancia con su esencia, hay cientos de templos budistas alrededor. Algunos son de oro, otros de cemento, de madera, y en todos hay devotos, creyentes que se arrodillan ante la figura calma de Buda y le dejan pan o frutas, ofrendas de todos colores y formas. La más concurrida de estas pagodas es la Shwedagon, un alto templo de cien metros al que todo budista debe acercarse alguna vez en su vida. Todo budista de Burma, vale aclarar, que en rigor es de los países más budistas del mundo.

    Afuera de los templos Yangón se mueve como cualquier ciudad grande del planeta, con las mismas inquietudes, los mismos apuros y arrebatos, pero con muchas menos comodidades. No hay agua potable, no hay alumbrado ni barrido ni limpieza, no hay lujo, en ninguna de sus variantes. Su gente viaja en grandes camiones de carga que hacen las veces de colectivos públicos. Y en la noche, iluminados por los reflectores de una cárcel silenciosa, varios adolescentes se juntan a jugar al fútbol en las calles, en las mismas calles que después recorrerán miles de ratas con impunidad en la dulce sombra de la madrugada. O antes también. Es curioso, para acordarme de las ratas tengo que hacer el trabajo de olvidar cuan naturales se me volvieron. Es que acá la pobreza y el despojo van de la mano, la pobreza y las ratas, las ratas y el despojo. Ratas que después de dejar Myanmar se extrañan, se buscan en otros rincones tratando de recordar lo poco que importaba el entorno para ser felices. Porque ahí fuimos felices, jugando al futbol en patas, cosechando ampollas de cal, buscando como si fuera heroína una conexión a internet que no existe, tomando café instantáneo o comiendo en el barrio más popular de Yangón. Fuimos felices. Una noche un hombre se acercó porque sí. Se sentó con nosotros. Me pidió besos y abrazos y se fue a comprarme unos pinchos a otro restaurante callejero y me los trajo de regalo. Y los comí, eran ricos, pero el gesto lo era todo, un regalo porque sí, porque la barba larga o qué sé yo. Y se fue sonriendo de par en par. Sonriendo y sangrando a la vez, haciendo de su cara esa pintura de la primera imagen que me hice del país.

    Cómo voy a contar esto, pensé, cómo se hace para expresar algunas cosas, porque pareciera que desangran, las bocas, todas las bocas, y aunque en las comisuras curtidas se adivinan las sonrisas, el rojo que se impone entre los dientes me hace pensar que agonizan. Que las risas de Myanmar agonizan, bañadas por el color de su pasado o por el de su destino, vaya uno a saber, tal vez bañadas solo por la costumbre mecánica de sus mandíbulas, por su manera tan propia de mascar tabaco y avellanas y terminar sonriendo así. Es que ahí está la clave: la mezcla del tabaco y la avellana tiñe las bocas. Entonces ríen y muestran esa convivencia, esa paradoja, la posibilidad de ser feliz incluso con la boca bañada de sangre. Los ingleses que colonizaron un tiempo el país decían que para hablar birmano primero era necesario acostumbrarse a mascar lo mismo que ellos, acostumbrarse a ejercer la tradición. Pero no lo lograron, por supuesto, y siguió solo el país. No me gusta hablar de la historia que no conozco. Apenas sé que en Burma estuvo la dictadura militar más larga de la historia (desde 1962 al 2011), y que recién en 2015 la gente va a poder votar libremente a Aung San Suu Kyi, máxima figura política, que fue premio nobel de la paz en 1991 (recogió el premio recién este año), estuvo encarcelada más de diez años y fue liberada en el 2010 tras una larga campaña mundial a favor de la democracia en Burma (incluso Diego Maradona grabó un spot pidiendo la liberación de Aung San). Pero insisto, a veces es mejor no hablar de la historia ajena. Así lo pide la gente de Yangón, que se calla o esconde cuando se le pregunta por la situación política del país. Hay policías vestidos de civil y la posibilidad de terminar en un campo de detenidos persuade a la mayoría de alzar la voz. Todavía no hay democracia plena, lo saben, entonces sonríen ante las preguntas y se escapan. Van a los bares a tomar té o se juntan en las esquinas oscuras a mirar la Premier League. En Burma se mira la Premier League. De a veinte o treinta fanáticos de ocasión se sientan en cajones y bajo los toldos de restaurantes improvisados se dan panzadas de partidos tan lejanos que no me explico el fanatismo. Miran en varios televisores de tubo cómo Rooney o Tévez clavan la pelota en el arco de algún otro. Y festejan, a los gritos, alzando los brazos, abrazándose. Festejan nomás, se emocionan. Pero claro, acá el futbol no es un sueño de prosperidad, es solo un juego que da alegrías inmensas debajo de los toldos llenos de goteras que lo cubren todo.

    Dos. Los mil templos.

    Llegamos a Bagan y empezamos a ver turistas. Es fácil distinguirlos: en Myanmar se visten con longyis (una pollera larga hecha de un retazo de tela), y las mujeres tienen las caras pintadas de amarillo con thanaka, una crema que las protege del sol y las maquilla. Los turistas en cambio usan la misma ropa que se vende en el resto del planeta. Por suerte son muchos menos que en cualquier otro destino, turistas que como nosotros prefieren no encontrar turistas, que les cuesta llamarse así a ellos mismos. Pero lo son, lo somos, y a eso no podemos escaparle.

    Llegar hasta Bagan supuso un viaje horrible en un colectivo irreclinable, ruidoso, machaconamente audiovisual. Durante ocho horas repitieron una vez tras otra la sucesión de video clips locales que intentan emular a Shakira o Lady Gaga. Pero llegamos, a las cinco de la madrugada, y la desolación de la estación de buses nos regaló el abordaje de Ao-Ao, un pibe de veinticuatro años destinado indefectiblemente a ser Buda. Nos llevó en sulqui a un hotel y por unas chirolas más nos acercó a un templo enorme a ver el amanecer. No charlamos más que media hora, pero en el recuerdo que decidimos construir de él se puede percibir una voz lejana hecha de relámpagos que repiten su nombre, Ao-Ao, inmutable en la punta de una pagoda, conteniendo en sus ojos el traquinar de todos los sulquis y todos los caballos juntos.

    Bagan es algo así como la meca del budismo en Myanmar. Hay más de dos mil templos en pie y a todos se llega caminando o en bicicleta. En la altura, al atardecer, el paisaje se vuelve impresionante: cientos de puntas doradas que se pierden en la lejanía, mientras la vista trata de abarcarlas todas inútilmente. Y se percibe la paz, como si el dRummer hubiera encontrado el sentido a tanto pregón de energías.

    Por la noche, cuando ya nos vamos, los templos aparecen iluminados de amarillo. Son un par de reflectores, lógico, pero el ambiente nos hace creer que tal vez ahí esté la mano de Buda o de Ao-Ao, de algo o alguien que no solo entiende de paisajismo.

    Tres. El Lago.

    Después de tres días de trekking por campos de arroz, plantaciones de té y pueblitos perdidos en medio de la montaña, llegamos a orillas del lago Inle. Subimos a una balsa larga equipada con seis sillas de jardín y atravesamos el lago más grande Myanmar. En el medio del agua, entre carteles que indican direcciones como calles, aparecen algunas casas y pagodas. Los locales pescan a bordo de canoas que manejan con los pies, parados, mientras hacen equilibrio en una punta del bote. Ignacio me mira. Se da vuelta con la cámara en las manos y me mira, busca un cómplice para todo eso que no cree. Es que acá ya no estamos perdidos en el tiempo, estamos en otro lado, y lo confirmamos después de llegar a un pueblo impronunciable y alquilar unas bicicletas. Pedaleamos cerca de una hora y llegamos a otro pueblo impronunciable instalado en algún rincón del lago. Un pueblo lacustre, donde el taxi es una chica que rema a la perfección con sus piernas y nos cuenta que los chicos a veces van nadando a la escuela, que es la manera más rápida. Y que las casas de madera son de los que tienen plata y las de bambú de los que no. Que ella era de las que no pero se pudo armar un restaurancito ahí en el lago y la pelea. Y nos lleva al restaurancito, donde pido un pescado típico de ahí, y me dice que sí, pero que le de unos minutos porque tiene que ir su hijo a pescarlo. Y de vuelta no encontramos con Ignacio en la total sorpresa, pero disimulamos, qué más podemos hacer, y le decimos que sí mientras su hijo de quince años sale con el bote y la red a buscar mi pescado por el lago.

    Más tarde las bicicletas nos acercan a un colegio. Pedimos permiso para entrar a un aula y terminamos teniendo una especie de clase especial sobre Argentina. Se la dibujamos en el mapa a los chicos, que tendrán entre diez y doce años, y les explicamos cómo se dicen algunas cosas. Lo primero que aprenden, aunque ya lo sabían, es el nombre de Messi. Lo dicen con la cara iluminada, Messi, y después se ríen cuando hago el tonto chiste de decir que yo soy Messi. Y tratamos de hablar de algo más, tanto como nos permite el idioma, pero llega la hora del recreo y con el recuerdo sonante del dios Messi salen corriendo al patio, pelota en mano, y se arma el partido. Veinte contra veinte, lindo picado. Hay pibes que la mueven, me entusiasmo un poco con eso y les digo que no dejen de jugar, que son los futuros Messi o Maradona. Supongo que les miento, no sé, después de todo ningún burmés juega fuera de Asia, pero un poco por mi falta de fútbol actual y otro poco por el entorno, me voy convencido de que puede ser verdad. La fe, de esto no tengo dudas, se aplica a los campos más diversos.

    Cuatro. Mandalay

    Para mí la ciudad es el nombre. Nunca supe más de ella que eso, y eso siempre me bastó para querer conocerla. No imaginaba, claro, que Mandalay era una ciudad hecha de suburbios grises, rodeada por templos remotos a los que llegamos de casualidad, que era una costanera horrible pero con encanto, un puente largo que atravesamos en moto infinidad de veces, mirando las pagodas doradas que lo rodean, esquivando los puestos militares que nos miran ir sin dirección. No imaginaba que era uno de los delirios más vertiginosos de mi vida, a la noche, cuando desaparecen los semáforos que nunca vi y la ruta en moto se vuelve un juego de azar y de muerte, en cada esquina, a contramano, sin luces o con luces de frente. No imaginaba que era la cara temblorosa de Ignacio después de varios frenesís de ciento cincuenta cilindradas, o la cara indignada de Tito después de que lo mordiera un perro y se ganara un pasaje a la antirrábica, o la calma del dRummer, lector voraz de un libro de budismo que parece haberle enseñado algo, los distintos nombres de los templos cuanto menos. O que era el show de los Moustache Brothers, el martes a la noche, en el garaje de su casa en el centro, con veinte sillas improvisadas para turistas que van a entender de qué trata eso: una familia de humoristas perseguidos incansablemente por la dictadura, famosos en el mundo por su lucha y sus jornadas en la cárcel después de hablar demasiado, graciosos por momentos, inentendibles, bigotones, dueños de un espectáculo con bailes y con un video en el que aparece Maradona hablando de Burma, dueños del pasado y del destino de Burma, tres hermanos que en los tiempos más oscuros siguieron haciendo humor político aun desde la cárcel, y que hoy, ya menos perseguidos, cuentan el trajín de no callarse la boca en Myanmar. No imaginaba que Mandalay era eso. O que era la cara del tipo que nos despide, el tipo que después de ofrecernos todos los servicios existentes y ser rechazado en cada intento, siempre perdiendo ante una oferta insignificantemente más barata, nos despidió el día que nos fuimos con un amor pocas veces visto, sumándose a la foto y diciéndonos que fue un placer conocernos, diciendo friends y dándonos las manos como si eso le supusiera un privilegio. Esa experiencia única que no sé por qué me dio un éxtasis de felicidad, sentir que de nuevo volvía a conectar fuerte con alguien, sin motivo aparente, sin razón lógica que lo explicara, pero el tipo estaba feliz de habernos conocido y nos lo quería expresar. Eso pasa en Myanmar, la gente expresa sus sentimientos básicos, no les da vergüenza. Mientras que en occidente pareciera que es mejor ocultar el entusiasmo por el otro, ocultar la sorpresa o el extrañamiento, la felicidad de los encuentros, en Myanmar no, en Myanmar se festeja a carcajada viva, a estrechazos de manos y repeticiones infinitas de nombres impronunciables. Por eso es tan mágico y tan indeleble todo esto que, ya lo sé, no voy a poder terminar de explicar nunca. Y no importa, porque Myanmar no se explica ni se cuenta, Myanmar ni siquiera se visita. Myanmar está, como hace treinta años atrás, escondida en la burbuja de su propio encanto.

  • Trece miradas en la tierra

    Yangón es una ciudad bastardeada. Por donde mires encontrás cucacharas, ratas, cuervos y basura. La gente tira todo en la calle, desde una cáscara de banana hasta quince litros de aceite que suelen tirar desde sus ollas o sartenes gigantes. Ahí fríen pedazos de pollo, distintos tipos de arroces y un etcétera que implica, en este caso, un sinfín de otros alimentos.
    En la misma proporción que ves frituras, puestos callejeros vendiendo de todo, ratas y basura encontrás personas tiradas en las calles.
    Esa gente tiene algo en común que no es solo su color de piel amarronado, su ropa destruida y harapienta, sus uñas largas y partidas, sus pies descalzos, sus cuerpos delgados y su lonyi calado en la cintura.
    Su denominador común está en la mirada. Una mirada perdida en el tiempo; perdida en el espacio. Una mirada desolada. Una mirada triste que exterioriza sufrimiento. Una mirada olvidada. Una mirada con hambre. Una mirada flaca como sus músculos que al sol se desgarran postrados en el cemento de esta ciudad. Una mirada desesperada por contar algo que no puede. Una mirada que se mantiene fija cuando te ven pasar. Una mirada que se sostiene ocho o nueve segundos, tal vez sean diez y que te penetra, te parte. Una mirada que sale como flecha, que sale como bala de aquellos ojos negros. Una mirada que corta el aire. Una mirada que quema. Una mirada que busca que te acerques a hablarles y que les cuentes de que país sos, si te gusta el fútbol. Una mirada cómplice. Una mirada de ojos tan negros como las plumas de los cuervos que vuelan por el sur de Asia. Una mirada desnuda, llena de preguntas. Una mirada curiosa, una mirada austera, desesperanzada. Una mirada ahorcada. Una mirada, a fin de cuentas, que solo puede terminar con la muerte.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
Columna: Ignacio Antelo
Video
Expreso a Oriente
Música:  Would it be nice, de Beach Boys / This is a song, de The Magic Numbers / Al otro lado del río, de Jorge Drexler

 

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La Bienvenida http://www.expresoaoriente.com/2012/11/05/la-bienvenida/ http://www.expresoaoriente.com/2012/11/05/la-bienvenida/#comments Mon, 05 Nov 2012 07:58:00 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=597 Continue reading ]]>

Cuando llegué a Myanmar, ex Birmania, mis amigos de Expreso a Oriente me preguntaron por qué había elegido viajar. Intenté responder instantáneamente; no pude. Se me hizo una laguna. La respuesta llegó con un delay de cuarenta segundos en los cuales se me proyectaron mil imágenes en la cabeza. Pensé tantas cosas juntas, buenas y malas, que cuando quise exteriorizarlas se me hizo imposible.

Ahora sí, a veinticinco días desde mi llegada, puedo responder algo. Viajo porque disfruto mucho conocer lugares nuevos, relacionarme con su gente y aprender de sus culturas y de sus estilos de vida. Entonces miro a mí alrededor y empiezo a entrelazar la idiosincrasia de nuestra cultura con la de ellos. Las mezclo. Se abre un juego imaginario con miles y miles de variantes. Son infinitas líneas punteadas que se relacionan en algún lugar del sistema y que al cabo de unos pocos segundos se esfuman en el vacío dejándome atónito, boquiabierto, dejándome más inconcluso que al inicio de la partida.
En fin, viajo porque disfruto perderme en ese laberinto que hoy ha dejado de ser un juego para convertirse en mi vida, en mi presente. Cada pasillo, oscuro o no, elegido, no está condicionado por nada ni por nadie.

Y hoy, mientras esperamos en el aeropuerto de Yangón para dejar Myanmar, me doy cuenta de que llegué. Me costó unos veinticinco días aclimatarme, el tiempo que tardó en llegar esta presentación. Ahora sí, acá estoy.

 

 

Texto: Ignacio Antelo
Video: Expreso a Oriente
Música: Don’t Stop me Now, Queen

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China, el gigante que nunca te deja dormir. http://www.expresoaoriente.com/2012/10/30/china/ http://www.expresoaoriente.com/2012/10/30/china/#comments Tue, 30 Oct 2012 20:12:05 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=455 Continue reading ]]>

3 de Septiembre. Llegada a Beijing
China es multitud. Multitud que se baja del tren y se apura por llegar al control migratorio. Son construcciones nuevas donde sea que se mire. Camiones, muchos camiones. Marcas. Todas chinas. Todas desconocidas. China es mal gusto. Es ser lo que se tiene. China es smog. Es Orden. Son uniformes. Esto es la nueva prosperidad.
Hipólito

4 de Septiembre. Beijing.
Cada vez que presto atención estoy comiendo algo o con una botella en la mano. No puedo dejar de consumir y ya gasté más de lo que tenía pensado. ¿Quién dijo que China era barato?. Comunismo acá es que todos puedan consumir por igual.
Hipólito

5 de Septiembre. Beijing.
Fuimos al distrito de arte en Beijing. Hasta último momento no encontré lo que buscaba. Al final, de casualidad nos metimos a una muestra de intervenciones tecnológicas. Justo estaban los artistas de las obras y nos quedamos charlando sobre internet y nuevas tecnologías.
Hipólito

6 de Septiembre. Beijing
La nube que flota sobre Beijing, para decirlo elegante, es como el capricho más inclaudicable de un pendejo millonario. No se ve más allá de los cien metros, los edificios son solo la base, el resto queda cubierto por esa nube/capricho que lo oculta todo. Cuesta respirar, como si cada cuadra fuera un pucho, un pucho largo que se mete en los pulmones y entristece todo. Hay algo de metafórico en esa nube, porque en China, como en Beijing, no se puede mirar más que a China. La experiencia está siempre condicionada por la abrumadora obligación de pensar en China, por esa nube/capricho que te acapara y te obliga a poner los ojos hacia adentro. Es como con la censura a internet: podés hacer lo que quieras, mientras no te escapes de su nube.
Joaquín

7 de Septiembre. Beijing.
Escorpión: una papa frita con más de frita que de papa, pero con el encanto peculiar de que si el bicho estuviera vivo la relación sería completamente distinta.
Serpiente: la venganza del niño traumado. Es bastante fea, elástica, y mejor no hablar más del tema porque realmente me dan miedo y no quiero jugar con mi suerte.
Cucaracha voladora: crocante, leve reminiscencias a roble, las antenas tienen el picante sutil del ají burmés, las patas son lo más antipático al paladar pero con un poco de astucia se las puede usar de escarbadientes.
Joaquín

8 de Septiembre. Beijing.
Que bueno que le insistí a los chicos con ir hoy a la muralla. Llovía a la mañana pero terminó saliendo el sol. Fuimos a una parte alejada de Beijing. Por suerte le escapamos a los tours de chinos que te queman la cabeza. La muralla es increíble. Miles y miles de kilómetros para evitar la llegada de los mongoles. Que absurdo, si hubiesen conocido a Bayna se hubiesen hecho amigos.
Hipólito

8 de Septiembre. Beijing.
Caminábamos por las calle y nos topamos con un artista callejero. Una especie de opera que te hipnotiza y deprime al mismo tiempo.
Gastón

12 de Septiembre. Beijing.
Internet es una cagada. Está todo bloqueado. Tuve que hablar con un amigo hacker en Buenos Aires que me prestó un servidor pirata. Toda nuestra información pasa por un túnel y evita la censura China. Todavía no sé si lo hice por nuestra adicción a Facebook o porque teníamos que cargar el capítulo de Los Pascal Jenny. No importa, las dos cosas están garantizadas.
Hipólito

13 de Septiembre. Shanghai.
Estoy en el futuro. Shanghai. Hay anillos voladores por encima de las calles para que camine el peatón. Así fluye el tránsito. Es como los Supersónicos, pero al revés.
Dicen que acá, dentro de cincuenta años, van a haber más de 300 millones de habitantes. Están todos conectados con sus iPhones o sus Samsung Galaxy S3. En fin… yo, ser tecnológico, disfruto de este show que anticipa lo que vendrá.
Hipólito

14 de Septiembre. Shanghai.
Jugamos al fútbol con unos chinos que laburan en un restaurant. Hacía dos años que no tocaba una pelota. Me sentí Maradona por un rato. Hasta metí un gol y todo.
Terminé cortándome el pelo en una peluquería fashion de un shopping. Le tuve que mostrar al peluquero fotos de modelos para explicarle lo que quería hacerme. Ahora me dicen hipster.
Hipólito

15 de Septiembre. Shanghai.
El dRummer piró con que quería conocer el parque donde se filmó Avatar (?), y se tomó un tren para vaya uno a saber dónde. Por siete días tenemos piedra libre con Tito para tomar cafés sofisticados o comprar Coca Cola sin que alguien nos acuse de capitalistas.
Joaquín

15 de Septiembre. Tren a Changsha.
El tren sale de la estación con destino a Changsha. Dicen que ahí cerca se filmó Avatar. Esa es su carta de presentación. Ese es el impulso que me trajo a esta estación, sin mis dos cómplices.
Un ronquido no me deja dormir, pero esta vez no es Hipólito el culpable. Las miradas chinas se me clavan como mil lanzas por todo el cuerpo y yo no encuentro aliados: otra vez al ruedo, solo.
El humo del cigarrillo prohibido en el vagón se acuesta encima mio y sigo sin saber por qué volví a las líneas de este cuaderno. Será la música horrible pero apaciguadora que sale a todo volumen de los parlantes del tren, o será el chino que me ocupó el asiento y, no conforme con hacerse el desentendido me dice que baje los pies del asiento de al lado… O capaz fue la excitación que me provocó la corrida que me depositó en este tren, al que llegué 80 segundos antes de que arrancara. O simplemente que no tengo con quién charlar y, peor aún, sé que todo esto que estoy viviendo solo lo sabré yo y los 116 chinos anónimos con los que comparto el vagón.
Gastón

18 de Septiembre. Shanghai
Fuimos a hacernos masajes a las doce de la noche. Nos llevan a un cuarto a cada uno y empieza la sesión. Espalda, manos, piernas, aceite, columna, espalda de vuelta, pecho, cabeza. Después de cuarenta minutos la china empieza a trabajar los abdominales. Le pone onda, veo en sus manos y en su cara cierta intención de seducirme. No me equivoco, a los cinco minutos hace flotar sus manos arriba del bóxer y pregunta: “¿special massage?”. Me río, no puedo evitarlo, y pienso qué estará diciendo Tito en el cuarto de al lado. Por si acaso, para ahorrar y para no tener que irme al carajo en este diario, le digo que no, que muchas gracias, y que la próxima vez que esté por el barrio paso a visitarla.
Joaquín

19 de Septiembre. Tren a Hangzhou.
La otra afición de los chinos es la venta ambulante. Después de cada parada entra la misma mujer de siempre con un producto nuevo, primero un paño de tela que se seca en tres minutos (se venden cerca de 25), después un reproductor de dvds con pantallita incluida, más tarde un cargador de baterías portátil con más de 7 adaptadores para no quedarse sin celular, tablet o lo que sea (no lo compro, pero me quedo con las ganas y en Hong Kong me desquito…). En fin, no sé cuántas cosas más me pierdo de comprar. No así el pibe en diagonal a mí, que compra el pañuelito, compra el reproductor y compra el cargador de baterías. Durante las próximas quince horas voy a putear esos amperes de más que consiguió por veinte dólares: gracias a ellos, el celular que le dicta su canción favorita por los parlantes no se va a apagar en todo el viaje, y él tampoco. Con Tito lo bautizamos “el manija”, y aunque es uno más de China, para nosotros es inolvidable. Supongo que sueña con ser una estrella pop o un cantante de boleros, no lo sé. Conforme viaja, imagino, va afinando un poco más sus movimientos. Algún día se lo voy a contar a mis nietos: si mis pequeños, yo viajé en tren con el Manija.
Joaquín

19 de Septiembre. Wulingyuan.
Hablé por Skype con la Negra, mi amiga del alma, que cumplía años, y saludé a todos los asistentes a su festejo. Aún no eran las 12 y salí a buscar otro hostel porque no tenía lugar para esa noche. Después de instalarme recorrí el pueblo. No pude parar de sacar fotos. Todo el tiempo encontraba cosas que valían la pena fotografiar. El río, las casas, los techos, las vendedoras, la comida, los puentes, los puestitos, las góndolas, las puertas, las pagodas. Todo era digno de una postal.
Tras subir a un cerro, me dispuse a continuar con la sesión fotográfica cuando un chino se puso detrás mío (algo típico en los chinos, que se acercan a mirar lo que estás fotografiando o filmando). Pero como no se iba, empecé a impacientarme. Me saqué los auriculares y ni se inmutó. Hasta que me di vuelta y lo miré a la cara. Era un chico de unos 17 años, de anteojos y mirada inocente. Parecía admirado por algo, y me dijo: “Your hair is so cool”… no pude evitarlo y estallé de la risa. Le agradecí y finalmente se fue. Yo tenía el pelo atado al frente para que no me molestara el flequillo en los ojos, nada más. Esa misma noche, recibí el mismo halago dos veces más, con exactamente las mismas palabras (hair cool). Definitivamente, la frase “menos onda que flequillo de coreano” es aplicable a los chinos.
Gastón

20 de Septiembre
Subimos a las montañas de las nieblas espectrales en Huangshan. Levantarme para ver amaneceres es una de las cosas que más detesto en el mundo además de hacer masajes. Lo tuvimos que hacer para filmar un poco. Eran las cinco de la mañana y ya había trescientos chinos insoportables gritando “woww’, “uhh” y “ahh”.
Aceleramos el paso para adelantarnos a los tours y conocimos a Wuan Chowfan y sus amigos. Nos convidaron de su desayuno: un arroz con salsa que cocinaron en una caja de plástico. Le pusieron unos químicos y la caja empezó a hervir. A los quince minutos el arroz estaba listo. Sale 2 dólares.
Hipólito

20 de Septiembre. Wulingyuan.
Un día después de ver a los monos encerrados en una jaula, los encontré en su estado nativo, andando por los senderos del parque de Wulingyuan. Había vistos letreros que decían “do not tease the wild monkeys”, e intuía que tease significa alimentar o algo por el estilo. Sinceramente nunca hubiera hecho semejante cosa. Pero al llegar a uno de los miradores vi como una turista china le ofrecía un caramelo a un mono que, sin perder ni un segundo, se lo arrebató de la mano y con más habilidad que un prestidigitador lo desenvolvió, tiró el papel al piso y se lo comió. Me sentí muy mal. No entendía cómo alguien podía darle un caramelo a un mono salvaje. Entonces fue cuando recordé que me quedaba una sola banana en la mochila, y de repente lo que nunca se me hubiera ocurrido se transformó en un acto de rectificación de la raza humana, un resarcimiento para el pobre mono humillado. Vi que había uno apoyado en una baranda, con cara de tierno, y lo elegí. Abrí mi mochila y, mientras buscaba la bolsa con la banana, se empezaron a acercar otros dos monos. No llegué a sacar la bolsa que uno de los rufianes me la arrebató de la mano, tiró la bolsa, peló la banana y se la empezó a comer muy pancho, mientras el de cara tierna miraba inaudito y otros seis monos se abalanzaban sobre la plataforma donde estaba parado.
Cuando me quise dar cuenta, estaba forcejeando mi mochila con uno de los monos que tiraba con fuerza. Inútilmente le ponía cara de no hay más (sí, soy un pelotudo), y el culo rojo dejó de tirar de la cinta para meter la mano adentro de la mochila (sólo me queda un paquete de oreo y no voy a dárselo, pensé). Seguí luchando, ya con un julepe importante –había carteles con precauciones sobre evitar los rasguños– y tres monos de frente (el tierno solo miraba). Me di vuelta para evadirlos y para mi sorpresa (o cagazo, mejor dicho) encontré a otro mono, parado en dos patas perfectamente erguido, como cualquier ser humano, mirándome a los ojos.
Decidí escapar, primero a paso ligero, luego al trote y finalmente con un pique corto, para no demostrar mi miedo (supuse que, como los perros y los caballos, lo sentirían). Me interné en otro sendero que bajaba de la montaña por el lado de atrás, prácticamente abandonado. Dos monos me siguieron por el camino y otros tantos se lanzaron a mi persecución por los árboles. Después de 70 metros, supuse que me habían dejado.
El camino estaba desolado, no había absolutamente nadie y el verdín en las piedras denotaba la falta de caminantes en mucho tiempo. Todo estaba rodeado de una espesa vegetación. Después de 30 minutos de descenso me volví a encontrar monos en el camino, no los mismos, claro. Por un momento jugué con la idea de que capaz estaban advertidos de mi llegada (sí, otra vez, qué pelotudo). Me acordé de Caro (mi ex novia), que sin motivo aparente tenía un aprecio enorme por los monos. “Si a ella, que es tan miedosa, le gustan, a mí no me pueden asustar”, pensé tratando de engañar a mi conciencia. No hubo caso, seguía con miedo. Finalmente salí del camino, los últimos monos sólo me vieron pasar y se alejaron. Respiré. Al subirme al bondi de regreso recordé a Guybrush Threepwood y sus expediciones a la Isla del mono. Ese sí que era un pirata valeroso.
Gastón

21 de Septiembre. Fenghuang.
Amanecí y me fui a la cueva del Dragón Amarillo. Muy linda, pero no mucho más que un paseo a oscuras con unos pingorochos de hasta 17 metros y más de 20 millones de años de antiguedad iluminados como si estuvieran en Las Vegas. Volví al hostel, discutí porque me querían cobrar el late check out (cuando a las 8 y media de la mañana, hora en que me fui a la cueva, todos dormían) y me fui a la estación de buses, previo almuerzo tirado en la calle (noodles, obvio). Al subirme, una china en perfecto inglés me pidió cambiar el asiento, petición a la que accedí sin ningún problema. La misma chica, al bajar en Fenghuang cinco horas después, me preguntó si tenía hotel y al decirle que no me ofreció su ayuda y la de su novio. Acepté nuevamente. Me llevaron en taxi, que no me dejaron pagar, y me invitaron a tomar unas cervezas una vez que nos instalamos en el hostel.
Fuimos a un lugar tranquilo en un pueblo repleto de turistas chinos, pero con las vistas más fotografiables que vi en mi vida.
Pidieron pollo, carne con una especie de pepino amargo, tofu y arroz. Yo me limité a comer, a contarles de mi viaje y a charlar de la vida. Las cervezas nunca dejaron de llegar a la mesa (empezaba a sufrir por la cuenta) y el novio de Juehi, un pelado simpático pero algo callado, se subió al escenario y se armó el karaoke. Mucho Sting (me obligaron a subir y tuve que cantar English Man in New York, vos fijate) y canciones chinas. Tras dos horas y algo así como 14 cervezas, pagaron la cuenta mientras estaba en el baño (juro que no fue intencional) y volvieron a prohibirme que les diera plata. Quedamos en vernos al día siguiente.
Gastón

22 de Septiembre. Fenghuang.
Por segundo día consecutivo uno de los dueños del hostel me limó el bocho. Todo empezó a la mediodía cuando se levantó de su mesa –que ya acumulaba unas 13 botellas de cerveza y aún no eran las 12– y me empezó a decir cosas bastante gay, como “iu ar biutiful men” y “iu jav gud soul”. Después me dijo que era de Corea pero que vivía en China hace 10 años. Me invitó una cerveza, me habló de bailes coreanos, de lo injusto que era el mundo, de su odio por las guerras y las religiones, y nunca, pero nunca, dejó de tocarme la espalda y el hombro.
Traté de mantenerlo tranquilo, los borrachos no son fáciles de manejar y menos al mediodía. A la noche volvió a aparecer. “Gud traveler”, me decía ahora. Seguía tomando desde la mañana, pero parecía más calmo. Me habló de una mujer, de sus hijos, de que debíamos hacer algo para cambiar el mundo y no paraba de tirar patadas y trompadas al aire al grito de “iah, iah”. Después quiso enseñarme un baile coreano y por un momento creo que lloró. Dejé de darle cabida, y se pasó los días sentado en una de las mesas –colmada de botellas– invitando cerveza a las distintas personas y gritando como un desaforado. Ah, llovió todo el día.
Gastón

22 de Septiembre. Tren a Yangshou.
Viajamos en tren a Guilin en la clase más barata. La única diferencia que encuentro entre las distintas categorías es la cantidad de gente con la que uno viaja. En nuestro vagón, el último, viajamos muchos, ni idea cuántos, más de ciento cincuenta personas. Cada media hora paramos en distintas estaciones y la gente, desesperada vaya uno a saber por qué, sale al andén a comprar porciones de todo tipo de comidas. Con el tren andando la dinámica es distinta, la mayoría juega con el celular, lee algún diario o mira la pantalla más cercana que tenga (siempre hay pantalla cerca). Hace un rato por ejemplo sacamos la computadora con Tito y nos pusimos a ver una película. El tipo del asiento de enfrente se intrigó y así como si nada agarró la computadora, la dio vuelta, y se quedó un rato mirando él la película que estábamos viendo nosotros… Es raro, como si en el campo de las pantallas no hubiera propiedad privada. Y no la hay, están a disposición de quien las tenga cerca, es un derecho adquirido, una suerte de bendición high definition que les quema el cerebro. Y a mí también. Y me acuerdo de un cuento de Fontanarrosa en el que un personaje decía que el famoso aleph de Borges era en realidad un televisor Hitachi de 14 pulgadas traído de Corea. Empiezo a tomarlo en serio.
Joaquín

24 de Septiembre. Yangshou.
Hoy fui a comprar una remera y me pidieron 30 dólares. Ofrecí 1 y cerramos trato por 3.
Hipólito

29 de Septiembre. Macao.
Llegamos a Macao. Vinimos básicamente porque mi hermano Rodrigo me exigió que cuando estuviera en China viniera hasta acá, no me dijo por qué. Y yo (tampoco me explico por qué), le hice caso. Así que estoy en una ciudad semi independiente que forma parte de China pero fue colonia portuguesa y de la cual mi hermano es una especie de fanático inentendible. Y camino por sus calles tratando de entender más el fanatismo de Rodrigo que el corazón de la ciudad. Lo único que sé es que no son la misma cosa.
Hay dos idiomas oficiales, el chino y el portugués. La gente habla solamente el primero pero los carteles están en el segundo. Tienen moneda es propia, dólares macaenses, y a diferencia de China acá sí hay presencia católica (aunque esa presencia hoy está solo en la fachada semi destruida de la que fuera la iglesia cristiana más grande Asia). De lo portugués, además, quedan las tortitas de huevo que venden en la calle. Pero los datos me sirven de poco: mi hermano no es cristiano ni sabe de las tortitas, así que esto no explica su fanatismo. Tal vez, pienso en un momento, tenga que ver con que Macao es el único lugar de China en el que están permitidos los casinos. De ahí viene el apodo de “Las Vegas de Oriente”, de sus más de cien casinos de todos tamaños y colores que mueven más plata que los casinos de Las Vegas original. Sin embargo tampoco puede tener que ver con eso, Rodrigo a duras penas conoce las reglas del truco.
Me rindo y busco un bar con internet. Lo llamo por Skype y sin más vueltas se lo pregunto, por qué Macao, que me encantó, que me pareció muy loca, pero por qué Macao… Se ríe y me dice: “¿ah, fuiste?”; y después, como quien dice la nimiedad más irrelevante, responde: “es que Orson Welles dijo que Macao era la ciudad más extraña del mundo”…
En fin, si a esta altura no lo conozco…
Joaquín

1 de Octubre. Hong Kong.
Estoy agobiado. Mucha oferta de tecnología. Es mi paraíso. Puedo probar cualquier chiche e irme. Me despierta una fiebre infernal, quiero comprarme todo. Y los rumores eran ciertos, los precios son muy baratos, parecidos a los de Estados Unidos.
Hipólito

VideoExpreso a Oriente
Música:  One heavy Febreaury, de Architecture in Helsinki & People, de Gorillaz

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Mongolia – Segunda Parte http://www.expresoaoriente.com/2012/10/09/mongolia-segunda-parte/ http://www.expresoaoriente.com/2012/10/09/mongolia-segunda-parte/#comments Tue, 09 Oct 2012 03:56:30 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=432 Continue reading ]]>

 

 

Bayna afina los ojos. Mira para los costados con cierto nerviosismo y busca. Se toca el labio con el dedo índice de su mano derecha. Achica aún más los ojos, mientras más cerrados están, más ve. Y entonces se da vuelta, nos mira, y con las dos manos como entregadas al cielo explota en una carcajada potente que nos enseña a un tiempo cuán perdidos estamos y cuán divertido es eso mismo: estar perdidos en Mongolia. Sigue riendo y trata de decirnos que no encuentra la montaña que el mapa dice que hay. Y si no encuentra no la montaña no sabe para dónde ir, porque puede ir para cualquier lado, la van soviética se la banca y la tierra está abierta para que la cruce el que quiera, pero qué hacer con semejante libertad, ¿a dónde ir?, ¿por dónde?, ¿para qué?… Vuelve a subirse a la camioneta y enfila para un lago que habrá visto por ahí cuando achinó los ojos. Y sigue riendo, Bayna, el mongol del que no vamos a olvidarnos nunca.

Ya en el lago ejercitamos la rutina diaria: cargamos agua, lavamos los platos, algo de ropa, y nos pegamos un baño. Bañarse en un lago de Mongolia es paradójico porque no es un baño, es un intercambio de una suciedad rancia, ya muy humana, por una suciedad de estreno, una suciedad hecha de algas y de tierra que a fines prácticos no cambia mucho las cosas, uno sigue sucio, pero es tan distinto que explicarlo no tendría sentido. Bañarse en Mongolia es como empezar todo de nuevo.

Después comemos unos noodles hechos al fuego y seguimos. Antes de que se haga de noche, otra vez, tenemos que encontrar dónde dormir. Y pido Ger, digo que hoy no quiero dormir en una carpa porque hoy, manda el calendario, es mi cumpleaños número 27. Entonces Bayna, que lo entiende todo, pone a fondo la van y, aun perdido, se dispone a encontrarme un Ger para dormir. Un Ger, mi pequeño lujo mongol… Y lo encuentra en medio de una estepa naranjosa que anuncia uno de los mejores atardeceres que vi en mi vida. Se baja de la camioneta y va a pedir permiso para que nos reciban, es decir, como si alguien cayera de pronto en tu casa de Cochabamba y San Juan y te tocara el timbre y te dijera si podés recibir a 6 tipos que andan viajando por ahí. Y como si dijeras que sí, claro, y los invitaras con té y masitas. Y esos seis tipos somos nosotros: el dRummer, Tito, las tres israelitas que nos acompañan y yo, que cumplo años y me doy el lujo de esperar agasajos. Y pongo cara de chinchudo acordándome de alguien…

Otra vez Mongolia me sorprende y me da esos agasajos. Tito me pregunta si no quiero comer carne por mi cumpleaños, le digo que sí, claro, y me pregunta por qué no pedimos que maten a una cabra, y lo miro raro, pero por alguna razón él parece que entiende cómo funcionan ciertas cosas (después va a alardear de eso, es la parte mala). La cosa es que negociamos con algunos dólares y en menos de veinte minutos están carneando una cabra que va a ser el banquete a compartir con la gran familia de Mongolia y con el padre Bayna, que un poco son la misma cosa. Trabajan juntos, el hijo menor atrapa a la cabra, el mayor la mata (rápido, 10 segundos, con piedad), y Bayna se pone de rodillas y ayuda a carnear. De esa cabra se va a usar el cuero, la carne, los huesos, todo, porque en Mongolia no se mata por nada, se mata como parte de la vida natural que llevan. Y todos saben matar a una cabra, es parte de la cultura nacional. Se lo digo a Tito, la cultura común de Mongolia son los saberes prácticos, cómo prender un fuego en medio de una lluvia, cómo cocinar un pescado, cómo arreglar los autos o motos que van cayendo en el camino, cómo cruzar un rio, cómo atrapar un lobo, como no morir de frío, cómo pasar el tiempo… Leo mientras tanto a Kapuscinski, que plantea que muchos consideran a la cultura nómade como una cultura menor, básica, pero a fin de cuentas son las culturas más antiguas del mundo, los únicos que supieron cómo sobrevivir a todo, y lo siguen sabiendo. ¿Cómo puede considerarse a eso una cultura menor?

La cabra nos hace felices. Nos da culpa verla morir, nos da un poco de asco la sangre y Tito en un momento deja de filmar. Y Bayna se ríe de él, hace la pantomima de un bebé, dice “papi… cry, cry, cry”, y después lo abraza. Y la cosa pasa y entonces, cuando ponen piedras ardiendo en la olla, la cabra se cocina y el festejo es ahí, con la mano, lamiendo los huesos y estirando los cartílagos para sentirlos. Panzada y a dormir.

Al día siguiente van a despertarnos con vodka casero. A Tito le van a servir tanto que va a empezar el día borracho, y se va a reír
casi tanto como Bayna.

Algunos días después estamos llegando al oeste. Ya no aparecen tantos Gers y pasamos varias noches en la carpa, que unos días después se va a romper en la mitad de la noche con el dRummer y Tito adentro. Y seguimos camino. Vamos al oeste porque está ahí, qué se yo, el paisaje es más o menos el mismo pero cada vez más grande, con nieve, y queda cerca de la frontera con Rusia y Kazajstán. En el camino vemos camellos y caballos recorriendo Mongolia como nosotros. Los camellos parecen burlarse de algo, no sé de qué. Y los caballos hacen la suya. Somos todos parte de la misma tribu.

Hay muchos ríos. Me bajo para hacer una toma de la camioneta cruzando uno y me doy cuenta, con la van del otro lado, que no tengo cómo cruzar. Y estoy con la cámara, y en el río se escuchan las piedras. Y se baja Tiki, la israelita mayor, y me ayuda, me extiende su mano, que no llega. Y el dRummer y Tito se quedan en la camioneta, probablemente pensando en lo pesado que soy, y por un momento fantaseo con que me lleve el río para que los hijos de puta se sientan culpables… pero no vale tanto la pena la venganza. Además en ese mismo momento aparece el dRummer, que se acerca al trote, y me mira y levanta sus dos manos… y agarra la cámara de fotos (se la pasé a Tiki con un palo), y se pone a filmar… Tiki le dice que suelte la cámara, que la ayude, pero el dRummer, periodista de raza, sabe lo que tiene que hacer. Y yo, por otra parte, me doy cuenta de que el río no era tan potente.

Finalmente llegamos a la triple frontera. Dejamos las cosas pesadas, estudiamos el mapa (así como si estudiáramos un tratado sobre la fusión de protones escrito en arameo), y nos disponemos a subir una pico nevado desde el cual se ven los tres países. Y en el momento que salimos aparece un francés desahuseado que viene de hacer la caminata con un trauma clavado en los ojos. Le preguntamos qué le pasa y se pone a llorar. Llora mucho. Llora y pide comida. Se la damos, las israelitas lo abrazan, él explica que lo atacaron dos kazajos que recorrían la frontera a caballo, y que lo amenazaron con un palo y que se fue corriendo y que no come hace dos días. Y las chicas lo siguen abrazando y se le va yendo el hambre y el trauma. Y lo invitamos a venir con nosotros, y acepta, y salimos caminando todos y empiezo a hablar con él, que me dice que sobrevive con lo que le da la gente y que apenas terminó su universidad se fue a buscar la naturaleza profunda. Y después me alejo y le digo a Tito que éste, el francés, se comió la película Into the Wild. Muchos se comieron la película Into the Wild, yo incluido, pero este más. Y así era nomás, no pasa más de un día que el francés –que resultó tener comida encanutada– se pone a hablarme de la película… En fin, dormimos al pie de la montaña que tenemos que subir al día siguiente pero el día siguiente llega bañado de blanco. La nieve es demasiado incluso para el pichón de Alexander Supertramp. Volvemos por el camino recorrido pero acompañados de una tormenta blanca que dura horas. Cuando llegamos al campamento encontramos a Bayna y nos aliviamos todos. Lo abrazamos y nos ofrece vodka. Dormimos en el Ger de los cuidadores de la frontera y en medio de la noche pedimos que apaguen una música horrible que suena y que no nos deja dormir. Nos dicen que no, que no se puede vaya uno a saber por qué, pero insistimos, y al final ceden. Cuando nos despertamos, la familia está desesperada, el padre da vueltas a caballo con una escopeta al hombro y Bayna no se ríe. Alguien nos lo explica: un lobo apareció a la noche, asesino a un par de cabras y lastimó a varias más. Al parecer, sigue la explicación, a la noche ponen una música horrible que ahuyenta a los lobos y deja en paz a las cabras. Y esa noche… bueno, esa noche no hubo música.

Nos vamos con un poco de culpa y algunas imágenes de cómo vacunaban a las cabras. El padre seguía buscando al lobo junto con algún vecino. Cuando lo encuentren y lo maten, dice Tito, van a festejar carneando a una cabra.

Y ahora nos reencontramos con la risa de Bayna, que rebota entre los vidrios porque el dRummer dice el número seis como si fuera sex. Y eso, el sex, a Bayna le resulta gracioso, y hace un gesto con las manos (palma contra palma), que viene a significar esa remota actividad de la que tenemos tan buenos recuerdos. Y Bayna ríe y dice Gasto, Gasto (Gasto es el dRummer), y después dice sex, sex, y choca las palmas, y se ríe, y Gasto que ya quisiera, y Tito que para Bayna es Papi, y yo que para Bayna soy Coqui… Y paramos en otro Ger, estamos volviendo, y ya despedimos a las israelitas, que se fueron para Rusia, y Bayna hace empanadas con la carne de otra cabra, y como somos menos en la camioneta propone levantar a algunas personas que hacen dedo, y levanta a tres, a tres más, a tres más. Algunos cantan, otros se entusiasman con un parlantito azul que tengo, algunos nos hablan de vaya uno a saber qué… Y al final solo quedan tres, una madre, una hija y una abuela. La abuela está copeteada y tiene un vodka por abrir, la nieta mira raro, la hija parece resignada a las generaciones que la circundan. Y la abuela me ofrece a la nieta, que a su vez me ofrece vodka, y Bayna se ríe y choca las palmas, y la nieta no debe tener más de 15, y la abuela ahora le coquetea al dRummer. Me sobrepasa la bizarrez de la situación y la sobrevivo a vodka barata. Bayna arregla para que durmamos en el Ger de esta familia. La nieta finalmente me cambia por uno de mis pares y me siento libre de coqueteo. Y ahora la víctima es arrastrada por el campo por una quinceañera que cada tanto se pone al lado suyo a mear a pleno cielo, y mi par escapa trabajosamente. Y se hace de noche, y con Tito no dormimos ni un segundo por varios motivos: la luna brilla demasiado y nos da en la cara por el agujero superior del Ger, la abuela ronca como no pensé que pudiera roncar nadie, ni el propio Tito, y además a eso de las 4 de la madrugada aparece el padre con la madre y la nieta y se ponen a hacer un juego de luces con linternas y a decir cosas extrañas, y así como así se llevan a la abuela violentamente, que deja de roncar y ahora grita, y las luces de linternas nos rodean mientras el dRummer duerme y con Tito fingimos dormir pero lo vemos todo, una especie de ritual que bien podría terminar con la cocción de nuestros cuerpos en una olla repleta de piedras ardientes. Pero no pasa, y a eso de las 5 y media aparece el primer rayo de sol (ni siquiera es un rayo, es un asomo), y con Tito levantamos campamento, despertamos al dRummer y le decimos a Bayna que raje, que se ría todo lo que quiera pero raje, y la nieta queda ahí parada con cara rígida y reclamando el golpe de palmas que ninguno de los tres argentinos se atrevió a regalarle.

Y Mongolia se acaba. Ulan Bator va a llegar ese mismo día. Bayna lo promete. No quiere que llegue pero lo promete. Y nosotros estamos un poco ansiosos por llegar pero también queremos que no llegue nunca. Y la van avanza y de pronto, de atrás de una montaña, aparecen unas chimeneas de fábricas y una fila brumosa de casas apagadas. Son las afueras de Ulan Bator. Y Bayna lo mira y ya no se ríe, yo voy al lado suyo, lo voy mirando muy atento. Es demoledora la manera en que Bayna mira esa ciudad lejana llamada Ulan Bator. Y nos mira y señala y dice, ahí, ahí está Ulan Bator. Y no festejamos, aunque queremos llegar no festejamos porque sabemos que vamos a dejar Mongolia, pero sobre todo que lo vamos a dejar a él, a nuestro amigo y nuestro padre, al hombre que hizo que Mongolia fuera una excusa para conocerlo. Achina los ojos de vuelta, Ulan Bator dice, y se queda en el más feo de los silencios. Por las mínimas ranuras de sus ojos se le cae una lágrima fina que no llega a rescatar. Lo disimula pero todos sabemos que la lágrima está ahí, cayendo lentamente de sus ojos a su pantalón de guerra o a la mano que tiene en el cambio. Y ahí, mientras la lágrima se evapora en el calor Ulan Bator, yo dejo la propia, los chicos las suyas, y nos separamos con un abrazo tan profundo, tan hermoso, que vuelvo a entender que todo se trata de las personas.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
VideoExpreso a Oriente
Música:  El Idolo, de Babasónicos / Ondar Mongun-Ool , Sygyt, de Tuvinian Singers & Musicians

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Mongolia http://www.expresoaoriente.com/2012/10/01/mongolia/ http://www.expresoaoriente.com/2012/10/01/mongolia/#comments Mon, 01 Oct 2012 00:22:02 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=410 Continue reading ]]>

 

  • Se oyen ruidos en la carpa. El frío invita a no salir nunca de la bolsa de dormir, pero Bayna ya apura a la troupe para seguir viaje. Afuera la escarcha se acuesta sobre el pasto. El día es largo, pero el camino a desandar más largo aún, y en el itinerario trazado para recorrer Mongolia en 25 días no hay tiempo que perder. Desde la carpa de al lado llegan afanosas las quejas en hebreo de nuestras tres compañeras de viaje: Tiki, Chen y Munit. Logramos vencer al sueño, desayunamos un café turco lleno de borra y galletitas húmedas –o lo que haya tirado en la caja de la comida–, desarmamos las carpas y nos subimos a la camioneta soviética modelo Ulianov (el verdadero apellido de Lenin) año 83. Otra vez, como todos los días, estamos andando Mongolia.Así podría describirse una mañana de las tantas que llegamos a hacer rutina en el país que nunca imaginé visitar. Pisamos la capital de Mongolia, Ulan Bator, con la idea de recorrer el lugar durante un par de semanas antes de seguir camino a China. A decir verdad, no sabíamos mucho al respecto. Pero bastó con cruzarnos en el hostel a dos rubias agraciadas, que nos invitaban a compartir la aventura de recorrer todo el país en una camioneta, para que las dos semanas se convirtieran en un mes. La decisión la tomamos tras una asamblea en el restaurant de comida coreana (nuestro favorito) de a la vuelta del hostel. ¿Para qué mentir? No fue difícil.

    Tres días después conocíamos a Bayna, nuestro excelso piloto mongol. Un hombre en el que se mezclan a la perfección una madurez curtida por el trabajo en el desierto de Gobi y una asombrosa infantilidad lúdica. Domador de huellas, surcador de ríos, entusiasta de pozos, apareció un día a toda velocidad por el estacionamiento de un monasterio budista. Bajó de la camioneta en cuero, con un pantalón militar y un gorrito de pescador en la cabeza, delineando un cuadro que cobraba aún más sentido con sus apenas 160 centímetros de existencia. Sonreía. “Es un manija”, pensamos todos. Él ya se había puesto su camperita azul, la que nunca más se iba a sacar.

    Tiki, libia de nacimiento e israelí por elección, era la experiencia, la madre del grupo. Con algo más de 50 años se embarcó a la aventura mongola para acompañar a las mellizas Chen y Munit –las persuasivas–, también de Israel, pero de tan sólo 21 años. Segura, convincente, pero a la vez relajada y dispuesta a esperar de la vida lo que ésta tenga para darle, conoció a las chicas hace unos años y desde entonces comparte con ellas una relación armónica, atemporal, tan de madre como de hermana, sólo quebrada por el vegetarianismo de las más jóvenes. En esa materia, Tiki es una argentina más.

    Las mellizas, de fuerte carácter judío –quizás por la estricta educación de su padre rabino–, diestras en la cocina y adictas al repollo, cosecharon en el grupo una relación de amor-odio tan típica de las convivencias. Apasionadas, imperativas, demandantes, expertas y novatas en igual medida, inocentes y culpables, pero cariñosas y entregadas, hicieron del viaje una experiencia religiosa. La única cláusula que pusieron fue celebrar los shabat. En nuestros términos cristianos, hacer huevo el sábado no molestaba para nada.

    La inmersión en tierras mongolas se convirtió, tan rápido como lo imperceptible, en una aventura que no encuentra espejo en nuestro viaje. En un registro tan agotador como alucinante. En una expedición debeladora y pedagógica. Como la luz de la mañana que se cuela entre las arrugas de una persiana vieja y llena la habitación de una atmósfera natural e hipnótica, los rayos de Mongolia nos fueron encandilando con lo cotidiano, a cada paso que dábamos, y sin asidero a nuestros sentidos occidentales, nos dejó perplejos.

    Durante casi una semana abandonamos a Bayna y nos encomendamos a la sapiencia de Naranjú, un jinete animado, cantador, que nos llevó hasta una aldea perdida para ver a unos renos con cuernos de enormes formas misceláneas. Hombre instruido por la naturaleza, inseparable de su traje, su sombrero y su caballo, Naranjú nos apadrinó por unos días. Nos recibió como niños, nos educó con sabiduría, nos dejó crecer mientras montábamos y se alegró al ver nuestra madurez al paso del galope. Por la noche dormía bajo las piedras y la tormenta; por la mañana nos levantaba con té. Lo único que pudimos regalarle fue un efímero fanatismo por Spinetta. Él hasta nos dedicó una canción.

    Cabalgamos durante tres días para llegar a Taiga, donde un río helado bañaba dos chozas olvidadas entre las montañas. Tomamos té, comimos pescado, luchamos –una especie de judo, principal pasatiempo en esas tierras–, y tuvimos mucho frío. En invierno, según nos contaron, los días allí se reducen a sentarse alrededor del fuego y arrojarle cualquier cosa al alcance con tal de que se mantenga encendido, procurando que el frío, en forma de muerte, no se cuele entre los troncos de las chozas. Un frío que no se despide ni en verano, que se siente en la piel como desesperación, que, atragantado en la conciencia, hiela hasta las ganas.

    Así, quejándonos del frío del verano, conocimos el interior del interior de Mongolia. Volvimos a montar de regreso, nos despedimos de Naranjú y tratamos de menguar la tristeza del adiós con el reencuentro de Bayna, aunque no fuera suficiente. De todos modos, tampoco había tiempo. Otra vez al ruedo.

    Durante 25 días avanzamos casi sin descanso, excepto por los sábados (shabat). Erdenet, Hoobsgol, Mörön, Tsagaan Nuur, Tsetserleg, Zungovi, Urgnoor, Taban Bogd, Olgiy, Hovd, Tavantulguil. Nombres que en el mundo de carne y hueso solo se perdían entre algunos caserones en el medio de montañas desoladas, o que simplemente servían a los fines de mi registro, a pesar de que durmiéramos a la intemperie, en el medio de la estepa. Esos nombres, entonces, sólo figuraban en mapas escritos en cirílico y no llegaron a encarnarse. Mongolia es un todo imposible de desmenuzar, y las entrañas de ese todo solo habitan en la imaginación.

    Estábamos viajando de un lugar a otro sin saber porqué, durmiendo en carpa en el medio de la nada o en gers, las carpas de las familias nómades (el 40 por ciento de la población muda su rebaño, sus caballos y su casa cada año) dispersas por todo el territorio. De algún modo, no estábamos yendo a ningún lugar. O sí, a todos. Y un día empezamos a entender la lógica de esa incursión a ciegas. La aventura en Mongolia no es estar en un lugar, sino ir hasta él. Lo importante en Mongolia es estar en el camino, recorrer sus huellas. Lo que se disfruta, como diría Drexler, es la trama y no el desenlace.

    Y así, sin entenderlo, Mongolia, un país que no existe ni en el tablero del TEG, se transfiguró en nuestra conciencia. Ahora, Mongolia era un jinete con nombre de jugo. O era Bayna, o la camioneta Ulianov modelo 83 de Bayna. Mongolia era la traba rota de la ventana que todos los días nos regalaba un juego de ingenio para arreglarla. Mongolia eran las tazas y los platos sucios que saltaban dentro de la cacerola, también sucia. La percusión constante que se desprendía de ese baile. El tubo de Pringles oficiando en cenicero.

    Mongolia eran también los lagos helados en los que nos bañábamos. Los cigarrillos que armaba con hojas de diario por no tener más papeles. Los gers donde nos recibían cada noche. El té salado –hecho con leche de cabra– que todos nos ofrecían pero que nunca pude tomar con ganas. Mongolia eran también las cabras que carneamos en el camino, o la bosta que levantábamos durante toda la tarde para cocinar esas cabras (no hay árboles para hacer leña, por ende se hace fuego con la bosta). Mongolia era el arriero en moto, el vodka barato. Mongolia era la aldea movilizada contra el lobo que mató 80 ovejas. Mongolia era también ese lobo suelto. Mongolia eran los nenes desnudos en brazos de sus madres, el frío de la montaña, el calor de la meseta, el arcoíris que nunca se pintó.

    Hace más de 700 años, Ghenghis Kan atravesó todo el país conquistando tierras, sin detenerse a fundar ciudades porque consideraba que eran una pérdida de tiempo que atentaba contra la extensión de su imperio, el más grande del mundo. Hoy, tras recorrer Mongolia durante casi un mes, no nos encontramos a Ghenghis Kan más que dibujado en todos los billetes (tugriks), pero algo de su espíritu se conserva en la esencia del mongol. El movimiento se refleja en el nomadismo, la valentía en el carácter, y el espíritu guerrero en su principal pasatiempo: la lucha. No conozco bien el porqué de la referencia histórica, quizás sólo esté tratando de descifrar si nosotros atravesamos Mongolia o Mongolia nos atravesó a nosotros. O quizás sólo esté buscándole un cierre a esta crónica, que quedará inconclusa hasta el próximo capítulo. La aventura “Mongolia” merece una zaga, y por eso será contada en dos partes.

  • La columna del Popi

    Lo más lindo de Mongolia apareció desde el primer día: la libertad. La libertad de andar, de dormir, de cocinar donde quieras. De vivir donde quieras. Libertad de cocinar en un lago o en un valle. Libertad de dormir al lado de un río o bajo un arcoiris.En un país de 3 millones de habitantes y 40 millones de cabeza de ganado, el 40% de la población es nómade. La división de tierras no llegó al interior de Mongolia. Todo está suelto hasta que empieza a caer el sol, cuando los arrieros motorizados salen a buscar los animales. Bata, un mongol que habla inglés, nos cuenta que agentes del Estado recorren en moto los valles y cobran impuestos a las familias según la cantidad de ganado que tengan. Nos confirma lo que nos preguntábamos, cada familia puede elegir donde vivir. Solo basta con armar una carpa en el medio de la nada y pagar algunos impuestos.

    Cerca de la mitad de la población vive en Ullán Bator, la capital, donde hay un boom de crecimiento y migración que hace que la ciudad esté completamente colapsada. Lo paradójico del asunto es que llega el viernes y muchos de sus habitantes vuelven al nomadismo. Agarran sus autos y se van a su GER familiar en el campo a pasar el fin de semana.

    En Ullán Bator conocemos a un cubano que vive en Mongolia hace 20 años que nos cuenta que el futuro de los mongoles está en las reservas de oro y otros minerales que hay en Gobi. En esto, nos dice, los coreanos están invirtiendo mucho dinero. Así también los japoneses, que están proyectando construir una especie de refugio futurista para jubilados en el medio de Mongolia, algo así como Florida para los estadounidenses.

    Parece que Mongolia recién comienza, que está todo por hacerse. La mayoría de los caminos fueron abiertos por autos y camiones que atraviesan valles y montañas. Marcan una huella y, cada tanto, la lluvia y el barro sugiere al conductor que haga una nueva a pocos metros. Así uno va de una ciudad a otra y ve hasta diez huellas de autos, diez caminos alternativos para andar.

    La escencia del Mongol es una caja de supervivencia. Bayna nos lo demuestra todos los días con un truco nuevo. Nos protege y nos enseña desde cómo cortar leña cuando no hay hacha hasta cómo armar con palos una hornalla para cocinar.

    Mongolia es eso. Es la reivindicación del quehacer cotidiano. Levantarse con el sol, cuidar al ganado, cocinar dulces, hacer té salado y criar a los chicos. Lo demás, son detalles.

 

CrónicaGastón Bourdieu
Columna: Hipólito Giménez Blanco
Video
Expreso a Oriente
Música:  Una canción me trajo hasta aquí, de Jorge Drexler / Inter – En Annunakilandia, de Calle 13

 

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Los Pascal Jenny http://www.expresoaoriente.com/2012/09/12/los-pascal-jenny/ http://www.expresoaoriente.com/2012/09/12/los-pascal-jenny/#comments Wed, 12 Sep 2012 05:16:45 +0000 http://www.expresoaoriente.com/?p=378 Continue reading ]]>

 

 

Llegamos a Siberia en tren. Pasamos dos días en Irkutsk y salimos para el lago Baikal. Sé que es el más profundo del mundo y que ahí está la reserva de agua dulce más grande del planeta. El dato, a decir verdad, poco me importa. Nos subimos a una combi y una vez más estamos en la ruta. Siempre estamos en la ruta. El Baikal nos espera y en la radio suena una especie de reggae cuyo estribillo parece decir “acá hay amor, acá hay amor… Argentina Jamaica”. Nos reímos un rato y al tercer coro ya lo estamos cantando. Unos días después preguntamos y resulta ser un hit ruso que habla de un partido de fútbol entre nuestra selección y la de Jamaica en el que ganamos 5 a 0 (fue en Francia 98). “Ay qué dolor, ay qué dolor. Argentina 5, Jamaica 0… Ay qué dolor”, dice la letra original.
Llegamos finalmente al Baikal, específicamente a la Isla de Olkhon, un “foco de energía”, según las creencias chamánicas de la zona. El dRummer se entusiasma, tira una piedra al lago y repite su credo: “todo depende de las vibras”.

En Olkhon dormimos en lo de Serguei. Serguei es un ruso que, después de viajar mucho y estudiar otro tanto, decidió instalarse en la isla y llevar adelante la única iglesia ortodoxa rusa del lugar. Para devolver los buenos tratos que recibió durante sus viajes (“todas son vibras, todas son vibras”), recibe en su casa a cuánto viajero aparezca. Gratis, completamente gratis, tan solo hay que escuchar los campanazos puntuales de cada día y buscarse la propia agua en el lago.

Ahí mismo, en el segundo piso del complejo ortodoxo ruso, conocemos a los Pascal Jenny. Son una familia como cualquier otra que en el 2012 cambió los hábitos sedentarios del mundo moderno por un nomadismo a la carta. Y esa carta, parecida a la nuestra, hizo que nos juntáramos. En lo de Serguei compartimos una de las habitaciones más grandes. Isabelle y Henry, los adultos del caso, hablan perfecto español. El idioma o vaya a saber qué nos hace amigos. Con el paso de los días, la rutina nos va haciendo familia.

Después de Olkhon vamos en ferry a Ust-Barguzin. No hay hoteles, solo bosque y lago. Recuperan sin saber el credo del dRummer (las buenas energías atraen buenas energías…), y nos ofrecen hospedarnos en sus carpas. Aceptamos y dormimos ahí mismo, en medio de una tundra siberiana que parece no terminar nunca. Con los días nos vamos a un pueblito, después a otro y finalmente compartimos departamento en la frontera de Mongolia. La misma intriga que nos unió nos separa. Nosotros seguimos a Mongolia en colectivo y ellos alistan sus bicicletas. Va a pasar un tiempo hasta que me ponga a escribir esto. Cuando lo haga, me digo, quiero contar su historia.

Henry Pascal se casó con Isabelle Jenny hace muchos años. En el ´97 vivieron un tiempo en Beijing, China. Después vagaron por Sudamérica (tienen familiares en México), y finalmente se instalaron en Toulouse, en su Francia natal. Allí tuvieron a sus cuatro hijos: Jacob (13), Anne (11), Claire (6) y Bartimé (4). Y allí también, después de quince años de estabilidad, decidieron emprender este viaje. Henry se pidió un año de licencia y armaron las valijas. Varios bolsos, muchos libros de colegio (los chicos van a rendir el año libre), y bicicletas para todos. Objetivo: pedalear de Touluse a Beijing a través de Europa, Rusia y Mongolia. Cada tanto, aclara Henry, se toman una combi, un barco o un tren (recorrer los 5 mil kilómetros que separan Moscú del Baikal no es moco de pavo). Su historia es una locura total, pero la cuentan con tanta normalidad que yo mismo me pregunto si es lógica la sorpresa que me genera. No hacemos nada extraordinario, me dice Henry, nada de otro mundo. Salieron en abril de Francia, recorrieron Berlín, los países escandinavos, Estonia, San Petersburgo y desde Moscú se subieron a un tren y se encontraron con nosotros. “Lo que más me gusta es sentir que estoy siempre rodando, rodando sobre la bicicleta y rodando sobre el mundo… Incluso cuando duermo siento que no paro de rodar”, me dice Isabelle, y después le pega un grito a Bartimé, que está a punto de ahorcar a un gato. “También me gusta que, como viajamos con carpas, casi siempre dormimos donde queremos. No tener casa, no tener techo da una libertad impresionante”, dice después. Y Henry (Quique para los amigos), la mira hablar, la mira pensar y la mira mirarnos. Isabelle habla mucho. Le gusta decir cosas y le gusta escribir. Le gusta sentirse joven, le gusta serlo. Y le gusta de tanto en tanto contarlo todo en el blog de la familia (www.sixtette.blogspot.fr). A Henry en cambio parece que solo le gusta ella. Arma y desarma las bicicletas con una experticia de años. Lava los platos con arena en la orilla del lago (nos enseña la técnica). Hace el fuego, cocina, arregla el freno trasero de tal o cual bici. Descansa un minuto y medio, a veces dos. Si le queda tiempo, también arregla el freno de la bicicleta que se va a romper mañana. Pero siempre, no importa cuán agotado esté, tiene tiempo para mirar a Isabelle y poner esa cara que solo se explica en sinsentidos, esa cara tan de enamorado que da envidia.

Jacob, Anne, Claire y Bartimé son los hijos. Jacob habla como si pensara cada letra. Se le ve la confusión en la cara, esto de no saber bien qué va a ser de su vida con tanto viaje. Es muy inteligente, demasiado. Y su velocidad mental combinada con su condición de pendejo queda fantástico. No está viciado de ningún esnobismo o forma social. Capaz por eso nos hacemos amigos tan rápido. El dRummer le enseña español, él le enseña francés al dRummer. Nos hace un retrato a cada uno, me dice que va a ser artista y hacemos la primera entrevista de su carrera. Jacob quiere seguir con nosotros, no quiere estar perdiendo gente todo el tiempo. Pero no lo dice, para qué… Tan solo nos da una libreta y nos pide que escribamos tres objetos sin los cuales no podríamos sobrevivir. Ahí, en nuestras respuestas, guarda todos los recuerdos que le son posibles.

Anne es tímida. Le gusta hacer las carpas y maneja la bicicleta como si hubiera nacido en ella. No habla mucho. Dibuja bien y toca el piano. Se ríe despacito, sin llamar demasiado la atención. Isabelle cuenta que en la ruta está siempre preocupada porque nadie quede atrás, que espera incluso a riesgo de retrasarse ella misma. Cuando nos vamos nos da un beso a cada uno y se va a dormir sin siquiera silbar bajito. A sus 11, creo que entendió esto de la fugacidad.

Claire y Bartimé son pura infancia. Claire pregunta todo. Qué hora es. Qué hora fue. Qué hora va a ser. Pregunta y escucha. Eso es raro, escucha mucho. Y cuando está aburrida o tiene sueño se chupa el dedo. Una chica de 6 años que pedalea más de 30 kilómetros por día en Siberia y a la noche se chupa el dedo. ¿Cómo va a ser el resto de infancia, allá en Toulouse, cuando sus compañeros le pregunten por qué no sabe tal cosa del programa o por qué está atrasada en tal materia? ¿Va a explicar que conoce el mundo o solo va a enunciar el trauma: en el 2012 no fui al colegio?… Con Hipólito nos preguntamos cómo repercutirá eso en sus vidas, pero antes de llegar a una conclusión me interrumpe Claire y me pide que la alce. Se queda dormida y la dejo en la cama. Isabelle la mira. Antes de alejarme, Claire me llama y se despide. Después sí, vuelve a dormir con el dedo gordo en la boca.

¿Y Bartimé? Bartimé es –creo firmemente en esto– la reencarnación de un ex presidiario incorregible, uno de esos que organizan motines y vuelven una y otra vez a su cárcel del conurbano. Claro que Bartimé tiene solo 4 años y –pequeño afortunado–, no le da la edad para ser imputado. Además –esta es la principal amenaza–, es uno de esos chicos lindos que no va a necesitar demasiado para conseguir lo que quiera. Si tuviera mi edad lo odiaría, las circunstancias hicieron que lo adore.

Después de Beijing, me dice Henry, no saben a dónde van a ir. Puede que dejen las bicicletas en China y sigan a pie. Puede que sigan con ellas y viajen a Sudamérica. Pueda que vayan a India e intenten acercarse al Tíbet. O puede que… vaya uno a saber. Al día de hoy, mes de septiembre, están terminando de atravesar Mongolia. Van a estar un año en movimiento físico. Dudo que cuando se instalen logren quedarse quietos. Un lunes, después de una semana de viajar juntos, le digo a Henry que yo pensaba que nuestro viaje era largo e impresionante, pero que el suyo era verdaderamente monumental. Se ríe casi en silencio y me cuenta la historia de una pareja belga que viajó durante dieciséis años por el mundo. Iban de ciudad a ciudad siempre caminando o haciendo dedo. En el camino tuvieron hijos, se enamoraron fugazmente de otras personas, aprendieron idiomas y fueron internados alguna que otra vez. Finalmente volvieron al lugar de origen, también caminando. Nos quedamos callados, Henry y yo, y antes de levantarme de la mesa lo entiendo. Siempre va a haber alguien haciendo nuestro mismo viaje. Y eso –lejos de llamarse moda–, es una fuente inagotable de encuentros y coincidencias. Además, todo viaje es el germen de un montón de otros viajes, y todo viaje es mínimo y todo viaje es enorme, y ridículo y divertido, y tedioso, y mágico, extremadamente caro y extremadamente impagable, extremadamente único y peculiarmente intenso. Sino cómo me explico, después de solo dos semanas compartidas en Rusia, que los Pascal Jenny tengan tamaña dimensión en mi memoria.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
Video
Expreso a Oriente
Música: Argentina-Jamaica 5:0 , de Chaif / Le Long De La Route, de Zaz

 

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